29/09/2026
Hoy fui con el Maestro Aldebarán Tepeyolotzin (Fundador del Tercer Movimiento Tolteka)—mi padre terrenal y mi maestro espiritual— a Coatlinchán, al lugar de donde fue extraído aquello que la población sigue nombrando como “el Ídolo”: el monolito identificado comúnmente como Tláloc y que, desde nuestra lectura de la tradición, reconocemos como Chalchiuhtlicue, expresión de la fecundidad del agua materna.
Regresamos para la corta tradicional del pericón: planta originaria, de intenso color solar, vinculada en la medicina tradicional con el ánimo y con aquello que nuestros pueblos han comprendido simbólicamente como la capacidad del Sol para disipar la oscuridad.
Y quizá por eso su amarillo tiene tanta fuerza.
Es Sol hecho flor.
☀️🌿
En estos días previos a San Miguel Arcángel, diferentes pueblos continúan cortando el pericón y elaborando con él sus cruces. Pero detrás del revestimiento cristiano que llegó con la evangelización permanece una geometría mucho más antigua: cruces equidistantes, sujetadas mediante un atado central, que remiten a ese quincunce antropológico desde el cual múltiples pueblos del Anáhuac han explicado el espacio, el centro y los cuatro rumbos.
Cuatro direcciones.
Un centro.
Y una fuerza que mira, se despliega y se relaciona con todas ellas.
Hoy pude contemplar la enorme armonía del Maestro Aldebarán Tepeyolotzin caminando nuevamente por esas montañas, recreando gestos que parecen provenir de tiempos inmemoriales.
Y mientras lo observaba, estaba también presente la memoria de su maestro, Don Pánfilo, “el Atlante”, quien años atrás lo llevó a esa misma montaña, le transmitió sus enseñanzas, puso a prueba su esencia y le mostró los siete puntos sagrados de aquella simiente sacra donde, mediante trabajo, disciplina y conocimiento, se fragua al ser.
Entonces comprendí que yo también estaba regresando.
Regresando de otra manera.
A las montañas a las que el Maestro Aldebarán Tepeyolotzin me llevó por primera vez cuando tenía apenas seis años; aquellas mismas a las que después regresé durante mi adolescencia —de edad, porque aún adolezco de muchas cosas— y en las que trabajé durante siete años, ya de manera consciente, ardua y rigurosa.
Ahí aprendí que el camino no se recibe terminado.
Se trabaja.
Se disciplina.
Se acrisola.
Se anda.
Ahí me enseñó, con mística y con rigor, a poner fuerza en mi propio ser y, sobre todo, a aprender a amar la vida.
Hoy vuelvo a aprenderlo.
Regreso a estas montañas con otros ojos, con otra historia y con otro peso sobre los hombros, pero también con la enseñanza que permanece.
Regreso con la simiente de la medicina tradicional que dejó Nahui Mazatl, mi Madre.
Regreso con lo aprendido de mi padre y maestro.
Regreso a los caminos, a las plantas, a los cuatro rumbos, al centro, a la montaña y a esa memoria que no existe solamente para recordar el pasado, sino para ayudarnos a seguir caminando el presente.
Hoy agradezco profundamente poder regresar.
Agradezco todavía poder aprender.
Agradezco reconocer que quizá abrazar el camino no significa que éste haya sido sencillo, ni que todo lo vivido haya dejado de doler.
Significa poder mirarlo, reconocerlo como el camino que me tocó andar y, aun así, volver a colocar los pies sobre la tierra.
Volver a las plantas.
Volver a la montaña.
Volver a la enseñanza.
Volver a la vida.
🌿
Y desde ahí, con la memoria de quienes sembraron antes que nosotros, seguir aprendiendo a abrazar la vida y el camino que tocó.
Y abrazarlo.