10/09/2026
Ese día era un día como cualquier otro. Íbamos platicando sobre algún tema que hoy ya no recuerdo bien. Lo que sí recuerdo perfectamente es la llamada que entró en ese momento. Era de una escuela. Nos preguntaban si podíamos ir a dar el Taller del Oso Terapéutico porque había ocurrido un suceso muy doloroso y un grupo de secundaria emocionalmente estaba muy afectado.
En ese momento nosotros estábamos en nuestra etapa de recolección de peluches. Así organizamos nuestro trabajo: unos meses recolectamos osos y otros meses salimos a las escuelas a compartir el taller. Ese periodo de recolección también nos permite descansar un poco, recargar energía y prepararnos para regresar con niñas, niños y adolescentes. Pero esa llamada cambió la plantación diseñada.
Nos explicaron lo que había sucedido. Una chica de la escuela había tomado la fatídica decisión de irse de este mundo . Al escuchar esa decisión mi compañera y yo nos miramos y no pudimos evitar las lágrimas . Entonces le dijimos a la escuela : Sí, claro que vamos a dar el taller.
Cuando colgamos, seguimos hablando . Y llegamos a una conclusión muy sencilla: “¿Te das cuenta de que justo para esto nació el Oso Terapéutico?”. Sí. Había nacido para acompañar a nuestras niñas, niños y adolescentes cuando más lo necesitaran. No solamente para llevar un peluche, hacer una actividad bonita y regresar a casa. Había nacido para escuchar, para abrazar emociones, para abrir espacios donde pudieran decir lo que muchas veces no saben cómo decir.
Así que dejamos a un lado el descanso y comenzamos a preparar el taller. Y después comenzaron a llegar más solicitudes. Una escuela, después otra. Adolescentes que habían dejado cartas, notas o señales de que estaban pasando por momentos muy difíciles. Y ahí volvimos a confirmar algo que como adultos tenemos que aprender a mirar con mucha seriedad: cuando una niña, un niño o un adolescente nos dice que está sufriendo, tenemos que escucharlo. No podemos minimizarlo pensando que “solo quiere llamar la atención”. Porque incluso cuando alguien busca llamar nuestra atención, quizá lo que realmente está diciendo es: “Necesito que alguien me vea. Necesito que alguien se dé cuenta de que no estoy bien”.
Llegó el día y entramos a aquella secundaria con los Osos de peluche. Los jóvenes nos miraban un tanto sorprendidos , quizá sin entender todavía qué tenían que ver aquellos osos con lo que estaban viviendo. Nosotros decidimos no llegar hablando directamente de lo sucedido. Queríamos abrir un espacio y dejar que ellos marcaran el camino. Y poco a poco el tema apareció. Aparecieron las palabras, los silencios, las lágrimas y los abrazos. Fue un taller profundamente emotivo.
Una chica que llevaba su oso entre sus brazos nos dijo: “Gracias, muchas gracias. Aquí está ella”. La miramos y lo entendimos. Para esa niña, aquel oso representaba a su compañera. No porque un peluche pudiera sustituirla ni borrar lo ocurrido, sino porque se había convertido en una manera de abrazar su recuerdo, de llevar consigo algo de ella y de sentirse acompañada.
Y creo que ahí está una de las cosas más poderosas del Oso Terapéutico. El poder no está solamente en el peluche. Está en todo lo que hay detrás de él. En las manos de la persona que decidió donarlo, en quien lo limpió y lo preparó, en quien ayudó a transportarlo, en quienes hacen posible cada taller y en todas las personas que creen que el bienestar emocional de nuestras niñas, niños y adolescentes merece atención. Ese oso llega a las manos de un joven cargando mucho más que un cuerpo de tela y algodón. Lleva la intención de muchas personas que, sin conocerlo, decidieron hacer algo por él.
Es como un abrazo que puede viajar de una casa a otra hasta llegar justamente a alguien que quizá ese día necesitaba uno.
Y sí, nosotros también lloramos. Porque podemos ser profesionistas preparados para acompañar situaciones difíciles, pero eso no significa que dejemos de ser humanos. También sentimos. También nos duele. También nos conmueve ver a un grupo de jóvenes abrazarse mientras intenta procesar algo tan doloroso.
Pero al salir de aquella escuela tuvimos una conversación que nos dejó pensando mucho tiempo. Hablamos del miedo que sentimos de que algún día lleguemos a acostumbrarnos a este tipo de noticias. A que escuchemos que otro adolescente murió por suicidio y la noticia nos dure solamente unos minutos. A que nos sorprenda menos. A que dejemos de preguntarnos qué está pasando con nuestros jóvenes. A que termine pareciéndonos normal y es que por ningún motivo del mundo podemos permitir que algo así se normalice.
No podemos acostumbrarnos a que nuestros niños y adolescentes estén sufriendo tanto. No podemos permitir que una noticia que debería detenernos, hacernos pensar y llevarnos a actuar, termine siendo solamente una noticia más entre tantas otras.
La prevención del suicidio no es responsabilidad de una sola persona, del gobierno ,de una escuela o de los psicólogos. Todos somos parte. Como padres, madres, maestros, amigos, compañeros y como sociedad tenemos algo que hacer: aprender a escuchar, tomar en serio las señales, preguntar ¿cómo estas? ¿Que necesitas? o un ¡Puedes contar conmigo! y realmente quedarnos a escuchar la respuesta, acompañar y buscar ayuda profesional cuando sea necesario.
A veces sentimos frustración porque quisiéramos hacer mucho más. Sentimos que nuestras manos son tan pequeñas frente a todo lo que hace falta. Sabemos que el acceso a la salud mental todavía es complicado para muchas personas y que hay muchísimo trabajo por hacer.
Sin embargo intentamos hacer algo por poquito que parezca ante esta gran necesidad en temas de salud mental. Y es que todos podemos hacer algo.
Podemos empezar por estar.
Por escuchar.
Por no minimizar.
Por acercarnos.
Por cuidar.
Porque la salud mental también se cuida antes de que llegue una crisis. Se cuida en casa, en las escuelas, entre amigos, en una conversación, en un abrazo y también en esos pequeños momentos en los que alguien siente que por fin alguien lo está viendo.
Por eso, hoy, en el Día Mundial de la Prevención del Suicidio, queremos recordar que esto no puede quedarse solamente en septiembre. El dolor no tiene calendario. Nuestros niños y adolescentes necesitan que los cuidemos en septiembre, en octubre, en noviembre, en enero y todos los días del año.
Gracias a toda la comunidad de El Oso Terapéutico. A quienes donan un peluche, a quienes ayudan a reunirlos, a quienes abren las puertas de una escuela, a quienes comparten nuestro trabajo y, sobre todo, a quienes todos los días deciden hacer algo por el bienestar emocional y la salud mental de nuestras niñas, niños y adolescentes.
El Oso Terapéutico no es la solución a todo sin embargo hemos visto lo que puede provocar un abrazo cuando llega en el momento indicado. Hemos visto cómo un oso puede convertirse en un recuerdo, en compañía, en una forma de expresar lo que cuesta decir con palabras.
Y quizá eso es lo que más nos ha enseñado este proyecto: que la esperanza no siempre llega en grandes cosas. A veces llega en forma de un oso de peluche. A veces llega en forma de una persona que se sienta a escuchar. A veces llega en una escuela, en un maestro, en una familia o en un amigo que decide no mirar hacia otro lado.
La esperanza puede ser pequeña, pero cuando se comparte, puede llegar muy lejos.
Y mientras podamos seguir construyéndola juntos, aquí estaremos.
Que nunca lleguemos a acostumbrarnos a perder a nuestros jóvenes, porque mientras haya una vida que cuidar, siempre habrá una razón para detenernos, escuchar y abrazar. 🧸
Por el bienestar emocional y la salud mental de nuestras niñas, niños y adolescentes.
Con cariño,El Oso Terapéutico. 🧸💛