29/09/2026
La noche del 27 de septiembre de 1821, la Ciudad de México apenas lograba conciliar el sueño. Horas antes, dieciséis mil soldados del Ejército Trigarante habían cruzado los arcos triunfales bajo una lluvia de flores y repiques de campanas. Tras once años de sangre, fuego y orfandad desde el grito de Dolores, la promesa de la paz finalmente desmontaba de su caballo: Agustín de Iturbide encabezaba el triunfo de una patria que despertaba sin cadenas.
A la mañana siguiente, el 28 de septiembre, el Palacio Virreinal —ahora Palacio Nacional— despojó de sus paredes los últimos vestigios de tres siglos de dominación colonial. En sus salones no cabía la multitud; la tensión era densa, solemne, sagrada. Treinta y cinco hombres notables, miembros de la recién convocada Junta Provisional Gubernativa, tomaron asiento ante largas mesas de terciopelo. Había clérigos, juristas, terratenientes y militares, rostros severos conscientes de que ningún acto humano en la historia de esa tierra volvería a tener el peso del que estaban por consumar.
El secretario de la Junta, Juan José Espinosa de los Monteros, extendió dos pliegos gemelos de pergamino grueso sobre el estrado principal. Con voz firme y pausada, dio lectura a las líneas que rompían para siempre el lazo con la Corona española:
«La Nación Mexicana que, por trescientos años, ni ha tenido voluntad propia, ni libre el uso de la voz, sale hoy de la opresión en que ha vivido...»
El eco de aquellas palabras retumbó en las galerías. Cada frase era una reivindicación a los caídos: resonaba la memoria de Miguel Hidalgo frente al pelotón de fusilamiento, la implacable resistencia de José María Morelos en el sur y la tenacidad inquebrantable de Vicente Guerrero en las sierras agrestes.
Iturbide, vistiendo el uniforme de gala y con el pecho erguido, tomó la pluma de ave. Al sumergir la punta en la tinta negra, el recinto enmudeció por completo. Con un trazo enérgico y seguro, estampó la primera rúbrica. Tras él avanzó Juan O'Donojú, el último jefe político superior enviado por Madrid, el hombre que semanas antes en Córdoba había entendido que contener la marea libertaria era imposible y que ahora, consumido por la tisis, sellaba con su propia mano la rendición formal del imperio.
Uno tras otro, treinta y cuatro hombres se acercaron a dejar su testimonio para la posteridad. El pergamino guardó un silencio elocuente y amargo: ni Vicente Guerrero, artífice del abrazo de Acatempán y baluarte insurgente, ni Nicolás Bravo ni Guadalupe Victoria formaban parte de aquella junta civil. La firma pertenecía a la élite que sellaba el pacto político, pero la tinta la había pagado la sangre de todo un pueblo que esperaba justicia afuera, en la plaza.
Al caer la tarde, con los sellos de cera aún tibios, las campanas de la Catedral Metropolitana rompieron el aire con un clamor ensordecedor. Se dispararon salvas de artillería que hicieron vibrar el Valle del Anáhuac. El pliego gemelo fue resguardado para el archivo del nuevo gobierno, mientras el clamor popular ahogaba el sonido de los cañones: la Nueva España había dejado de existir para siempre y, sobre sus cenizas, nacía el Imperio Mexicano.
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