08/09/2026
Hoy quiero hablar de algo que va mucho más allá de un comercial.
La reciente campaña del INE, en la que aparece “El gato que pinta” o conocido también como Panche Ville, ha provocado una ola de comentarios, críticas e incluso expresiones de rechazo hacia aquello que algunas personas consideran diferente.
Y precisamente ahí está el punto que debemos entender: la democracia no puede construirse únicamente para quienes piensan, viven, se expresan o se ven de la misma manera que nosotros.
El INE busca que la vida política y pública de nuestro país sea cada vez más incluyente, incorporando a personas y comunidades que históricamente han sido invisibilizadas, discriminadas o excluidas.
La inclusión no significa quitarle derechos a nadie.
La diversidad no amenaza a nadie.
Y reconocer a quienes durante mucho tiempo no tuvieron voz no significa darle menos valor a la voz de los demás.
Al contrario: una democracia se fortalece cuando todas las personas pueden sentirse parte de ella.
Por eso resulta profundamente preocupante ver a comunicadores de televisión nacional y a algunos creadores de contenido utilizar sus espacios para ridiculizar expresiones de género, formas de vestir, de comunicarnos o de presentarnos ante la sociedad.
Eso no es simplemente una opinión o una crítica. Cuando la burla se convierte en una herramienta para deslegitimar la presencia de determinadas identidades en los espacios públicos, estamos frente a un retroceso. Porque detrás de la ridiculización muchas veces existe un mensaje muy claro: “ustedes no deberían estar aquí”.
Y no podemos normalizarlo.
Podemos estar de acuerdo o en desacuerdo con una campaña del INE. Podemos cuestionarla, debatirla y señalar lo que consideremos necesario. Eso también es democracia.
Pero una cosa muy diferente es pretender que determinadas personas tengan que modificar su apariencia, su manera de expresarse o su identidad para resultar aceptables ante los demás.
Celebro, precisamente, que el INE no tenga que decirnos cómo vestir, cómo hablar, cómo expresarnos o cómo comunicar nuestras ideas para poder participar en la vida pública.
Porque mientras sigan existiendo personas a las que les incomode nuestra presencia, nuestra forma de expresarnos o nuestra manera de ocupar estos espacios, seguirá habiendo más razones para estar aquí.
No para provocar.
No para confrontar.
Sino porque estos espacios también nos corresponden.
Y porque muchos de ellos nos fueron negados durante demasiado tiempo.
México necesita entender que la democracia también pertenece a las personas LGBT+, a las personas con discapacidad, a los pueblos indígenas, a las comunidades afrodescendientes, a las juventudes y a todas aquellas personas que históricamente han tenido que luchar para ser reconocidas y escuchadas.
No se trata de imponer una forma de pensar. Se trata de aprender a convivir con nuestras diferencias.
Porque una sociedad verdaderamente democrática no es aquella donde todos pensamos igual; es aquella donde podemos ser diferentes y, aun así, tener los mismos derechos, las mismas oportunidades y la misma dignidad.
La empatía no nos hace débiles.
La inclusión no nos divide.
La diversidad no nos quita identidad.
Nos hace una sociedad más humana.
Y si algo debemos defender de la democracia es precisamente eso: que haya lugar para todas y todos.
Porque no vamos a pedir permiso para existir.
No vamos a pedir permiso para participar.
Y mucho menos vamos a pedir permiso para ocupar los espacios públicos que, por derecho, también son nuestros.
Mientras haya intolerancia, habrá resistencia.
Mientras haya exclusión, habrá presencia.
Y mientras intenten decirnos que no pertenecemos, seguiremos demostrando que también somos parte de México.
Bastará con darse una vuelta por los comentarios para confirmar algo que ya sabemos: hay quienes hablan de amor, respeto y valores mientras escriben insultos contra personas LGBT+ desde la comodidad de un teclado.
Y qué curioso resulta ver cómo algunos convierten la Biblia en un catálogo de frases para condenar aquello que no comprenden, pero olvidan convenientemente las páginas que hablan de amor, compasión, humildad y respeto al prójimo.
No deja de ser irónico: dicen defender la familia, pero dedican su tiempo a perseguir la vida ajena. Dicen defender la libertad, pero se escandalizan cuando alguien ejerce la suya. Hablan de moral mientras convierten el odio en comentario público.
Y sí, probablemente este texto también lo estarán leyendo quienes se sienten profundamente ofendidos por nuestra existencia. Qué pena. Tendrán que seguir viéndonos.
Porque no vamos a desaparecer para hacerlos sentir cómodos. No vamos a bajar la voz para tranquilizar sus prejuicios. No vamos a pedir permiso para vestirnos, expresarnos, amar o simplemente existir.
La diversidad no necesita su autorización.
Y quizá la lección más incómoda sea esta: ustedes pueden seguir escribiendo insultos; nosotros seguiremos ocupando espacios.
Porque cada vez que nuestra presencia les molesta, nos recuerdan exactamente por qué esos espacios siguen siendo necesarios.