24/02/2026
“Le pedí perdón… y siguió consumiendo”
Hay madres y padres que dicen: “Ya le pedí perdón por todo… y aún así sigue consumiendo.”
Y aquí viene la parte incómoda: el perdón no es una palabra que se pronuncia… es una experiencia que se construye.
Pedir perdón no siempre llega al corazón del hijo adicto.
Porque el adicto no solo escucha, también siente.
Y muchas veces está tan enojado, tan triste, tan confundido, que aunque oye el “perdóname”, no logra registrarlo dentro de sí. No porque no quiera… sino porque no sabe exactamente qué está perdonando.
El adicto vive una tormenta emocional que ni él mismo comprende.
Está resentido, pero no sabe con quién.
Está dolido, pero no puede nombrar el dolor.
Y entonces el perdón del otro no calma, porque la herida que carga es más antigua, más profunda, más confusa.
Y del otro lado está la madre, el padre, la pareja… viviendo en culpa.
Una culpa que exige absolución: “Si me perdona, entonces todo estará bien.”
Pero el perdón no es una transacción para detener el consumo. No es una llave mágica que cierra la adicción.
Perdonar es complejo porque implica reconocer historias, silencios, ausencias, excesos, palabras que marcaron y momentos que dolieron.
Y a veces, el adicto no puede perdonar porque primero tendría que entender qué le pasó… y eso duele más que consumir.
El codependiente busca el perdón para aliviar su culpa.
El adicto evita el perdón porque lo confronta con su propia historia.
Ambos están atrapados en el mismo n**o emocional, pero mirándolo desde lados opuestos.
Por eso, el perdón verdadero no se exige, no se suplica y no se utiliza como herramienta para cambiar al otro.
El perdón auténtico se procesa, se trabaja, se elabora… muchas veces en terapia, donde se puede poner nombre a lo que dolió y sentido a lo que se vivió.
Decir “perdóname” puede ser el inicio…
pero sanar el vínculo requiere mucho más que una palabra.
Requiere verdad, tiempo, y la valentía de mirar la historia sin maquillarla.
Porque cuando el perdón se usa para controlar el cambio del otro, deja de ser perdón… y se convierte en desesperación.
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