14/02/2026
Qué tiempos aquellos, en los que nos sentíamos tan poderosos y autosuficientes al tener el eSword y el Strong en nuestras manos.
Pero hablando en serio, si fueron herramientas que ayudaron a los pastores y maestros a profundizar por sus propios medios en los vocablos originales, ya que no muchos tenían acceso a los mejores comentarios físicos que se tenían que comprar.
Si somos objetivos, muchos se beneficiaron más de lo que se perjudicaron. La herramienta amplió el acceso, aceleró procesos, democratizó recursos. El que quería estudiar, pudo estudiar mejor. El que quería crecer, tuvo cómo hacerlo.
Hoy el meme podría cambiar los íconos y poner a ChatGPT o a Gemini. Y sin embargo, noto más alarma que nada. Como si la herramienta fuera el problema —cuando en realidad lo que siempre ha estado en juego es la disposición y la formación.
Y vale decirlo sin maquillaje: el flojo lo será con o sin herramienta. Antes copiaba de un comentario; hoy copiará de una IA. La pereza no nació con la tecnología, solo cambió de formato.
Nos asustamos con el radio.
Luego con la televisión.
Después con el internet.
Y aquí estamos.
Cada avance despertó temores similares —“esto va a arruinarlo todo”— y, sin embargo, lo que realmente definió el resultado no fue el medio, sino la madurez de quienes lo usaron.
Si algo debemos atender con seriedad no es la herramienta, sino la raíz. Y la raíz es la formación. Formación bíblica. Formación intelectual. Formación del carácter.
Porque una iglesia superficial seguirá siendo superficial con o sin tecnología. Pero una iglesia formada sabrá usar cualquier recurso —antiguo o nuevo— para servir mejor, pensar mejor y enseñar con mayor claridad.
El debate no es tecnológico. Es formativo. Y ahí es donde realmente se decide el futuro.