03/07/2026
LO QUE UN GOL NOS ENSEÑA DE NOSOTROS
En el minuto que ya no recuerdo, México ganaba 1-0 a Ecuador cuando llegó el 2-0 en una jugada muy rápida. Sin darme cuenta, con el puño cerrado y la voz rota, como si el cuerpo hubiera estado esperando permiso para reaccionar así. Grité ese gol como no gritaba uno hacía casi doce años. Luego del calor del momento, pensé qué raro que algo tan simple —un balón cruzando una línea— sacara algo que ni yo sabía que tenía guardado.
Días antes, en el partido de México contra Corea, aquí en Guadalajara, estábamos despidiendo a la mamá de alguien muy querido en la congregación. Recuerdo estar sentado junto a la familia, mientras afuera la algarabía estaba a todo pulmón. México había ganado. Por esa misma zona, camino a la Minerva, la gente pasaba y pasaba celebrando. Adentro, en la funeraria, silencio y lágrimas de otro tipo. Afuera, bocinas y banderas. El mismo día, dos formas de sentir.
Estos días he visto la comparación de siempre: si gritamos así por un gol, ¿por qué no gritamos así en la alabanza del domingo? Yo alguna vez lo prediqué en ese tono. Entiendo por qué esa comparación seduce —el contraste es real, yo mismo lo viví esa tarde. Pero no está viendo lo que de verdad importa.
Llevo años pastoreando, y esto lo he visto tantas veces que ya no me sorprende: personas que jamás han gritado un gol en su vida y tienen todo hecho pedazos. Conozco otras que gritan más fuerte que nadie y están un poco mejor. Es decir, si la intensidad de una reacción revelara de verdad lo que más nos importa, el que grita más fuerte en las alabanzas tendría que ser, en promedio, el más íntegro. No lo es.
Casi nunca lo es. Ese grito del sábado no mide lo que creemos que mide.
Lo que sí explica ese grito no son cuatro años de espera de un mundial. Tal vez son los cuarenta. México por cuarenta años quedándonos al filo del quinto partido, cerca pero no, ilusionados y otra vez no. Pero esa espera no fue solo tiempo pasando —fue repetición, el mismo escudo temporada tras temporada; fue memoria compartida, el gol de Negrete, el de Cuauhtémoc, el de Rafa Márquez, guardados y heredados como historia común; fue comunidad, porque ese grito nunca se grita solo, se grita con los que cargaron la misma espera. La pasión nunca nace en el instante. El instante solo revela lo que llevaba años formándose en silencio.
Esa fórmula no le es ajena a la fe —también se sostiene con repetición, memoria y comunidad: el pan y el vino cada mes, el mismo himno cantado por generaciones, la congregación entera recordando junta. Lo que cambia no es el mecanismo. Es el objeto. El fútbol necesita la incertidumbre para estallar. La fe no necesita sorpresa —necesita memoria. La cruz permanece cierta aunque la olvidemos; somos nosotros quienes necesitamos volver a ella una y otra vez para que esa certeza vuelva a movernos.
El fútbol nunca te exigirá más allá de uno o dos días cada cierto tiempo. Me pide una tarde, una camiseta. La fe, cuando es auténtica, pide otra cosa —cada día, con altibajos, sostenida mucho más allá de una final cada seis meses. He visto gente gritar más fuerte por un gol que por cualquier himno.
También he visto gente entregar por su fe lo que ningún hincha entregaría jamás por su equipo: tiempo, dinero, reputación, años enteros de una vida ordenados alrededor de algo que no siempre grita, pero que nunca suelta. El fútbol se nutre del estallido; la fe se construye en la permanencia.
Tampoco creo que el fútbol sea el enemigo de nada de esto. Vimos a la selección de Curazao dando gracias cuando perdieron. He visto jugadores señalar al cielo apenas anotan, agradeciendo antes de festejar. A Neymar colocarse en una final una banda que decía "100% Jesús". He visto la excelencia de un futbolista honrar a Dios tanto como la de quien predica un domingo, o la de quien limpia el templo un sábado sin que nadie lo vea. La excelencia, donde sea que se viva, sigue siendo una forma legítima de adorar.
No hace falta apagar el grito por un gol para encender la alabanza. Hace falta dejar de medir una con la vara de la otra. Ese grito, por avanzar de ronda como nunca antes, dice algo verdadero de lo que todos cargamos guardado, esperando salir. La pregunta no es si sentimos suficiente. Es qué estamos recordando, día a día, para que ese gozo —el de un gol, el de una alabanza, el de una sanidad inesperada— nos lleve siempre al mismo lugar: la memoria de una gracia que ya ganó, y que solo nos pide que no la olvidemos.