19/09/2025
Nosotros teníamos un perrito llamado Chacho. Era travieso, de esos que no conocen rejas ni límites, y se escapaba cada que podía. En la casa de enfrente vivía una perra pastor alemán. Siempre estaba detrás de su reja, pero yo la quería mucho. Jugábamos desde la distancia, y también era amiga de Chacho. Además, en la calle rondaba otro perrito, uno sin nombre —o al menos uno que no recuerdo—, que solía jugar con él.
Un día llegamos a casa y Chacho no estaba. Empezamos a buscarlo por todos lados. Le gritábamos, lo llamábamos, pero nada. Desaparecido.
Entonces hice algo que, hasta el día de hoy, sigue siendo muy especial para mí. Me acerqué al perrito callejero, su amigo, y le hablé. Le hablé con el corazón, casi llorando. Le pedí que me ayudara a encontrar a Chacho. No sé cómo explicarlo, pero me entendió. No con palabras, sino con esa conexión que a veces existe entre los animales y los humanos. Me miró, dio la vuelta y comenzó a caminar. Lo seguí.
Me llevó a un predio baldío. Y ahí, entre el pasto alto y los alambres oxidados, estaba mi Chacho, atorado con un alambre de púas.
Para los demás fue una anécdota más. Para mí fue una revelación.
Ese día supe que había algo especial en mí. Que tal vez tenía un don para entender a los animales, o al menos para hablarles desde un lugar profundo. A veces la gente no ve esas cosas. A veces te hacen dudar de ti mismo. Pero yo lo sentí. Lo viví. Y aprendí que hay lazos invisibles más fuertes que cualquier palabra.