Fundacion RockyTobias/Los Prudentes

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🐾 🚨 AYÚDANOS A COMPARTIR 🚨 🐾Este hermoso perrito fue localizado en San Agustín, entre Avenida San Juan y Avenida Lourdes...
18/06/2026

🐾 🚨 AYÚDANOS A COMPARTIR 🚨 🐾

Este hermoso perrito fue localizado en San Agustín, entre Avenida San Juan y Avenida Lourdes, Sur 28.

Parece estar extraviado. Se encuentra asustado, con frío y buscando refugio. Lleva un collar azul, es de color crema con orejitas cafés y tiene un carácter muy noble y tranquilo.

Si reconoces a este perrito o sabes quién es su familia, por favor comunícate por este medio. Compartir esta publicación puede hacer la diferencia para que regrese sano y salvo a casa. ❤️

🙏 Fundación Rocky & Tobias solicita el apoyo de toda la comunidad para encontrar a sus dueños.

17/06/2026

Hola buen día, el día de hoy el perrito ya no se encuentra en ese lugar al parecer la persona ya lo cambio de ahí y ya no está amarrado de hecho andaba corriendo en la escuela y su área donde lo tenía ya la tiene limpia,quizá vio la publicación y realmente se tento el corazón, supongo q obvio a la hora que los niños estén en la escuela lo va tener resguardado por seguridad de los pequeños pero al día de hoy ya no se encuentra en el frío, gracias por hacer que hubiera un cambio.
De igual manera te pido porfavor que sea anónimo

17/06/2026

🛑Los Perritos y Gatitos de San Agustín
Historias de quienes nunca dejaron de esperar

✍🏿Autor Anonimo

Capítulo 3

Los Famosos Perritos de Sur 78

Llegando a Sur 78 están los famosos perritos.

Así los bautizó la banda.

No tienen una placa con su nombre ni nadie les hizo una ceremonia. Simplemente un día aparecieron en un video de un robo que circuló por redes sociales y desde entonces mucha gente comenzó a reconocerlos.

Son tres perritos negros y una perrita que ha sufrido mucho.

La primera vez que los vi me parecieron como cualquier otro grupo de perros callejeros de San Agustín. Pero mientras más tiempo pasaba observándolos, más entendía que detrás de cada uno había una historia.

Historias que nadie conoce.

Historias que probablemente nadie contará jamás.

Comenzamos a juntar alimento para perro.

A veces una bolsa pequeña.

A veces un costal completo.

A veces apenas alcanzaba para unos cuantos días.

En el camino conocí a una mujer que también les daba de comer. Resultó ser hermana de una compañera de secundaria.

Siempre había alguien ayudándolos.

Siempre había alguien preocupado por ellos.

Pero nunca era suficiente.

Porque cuando ayudas animales de la calle descubres algo muy rápido.

Nunca es suficiente.

Siempre hay otro perro.

Otro gato.

Otro cachorro abandonado.

Otro animal enfermo.

Otra historia triste.

Y mientras ayudas a uno, aparecen tres más.

Recuerdo que muchas veces me quedaba viendo a la perrita.

Sus ojos siempre parecían tristes.

No sé exactamente todo lo que vivió.

Pero uno aprende a reconocer el sufrimiento.

Los animales hablan con la mirada.

Y esa mirada decía muchas cosas.

Por eso nació la idea de ayudar más.

Por eso comenzamos con la fundación.

No fue algo grande.

No había dinero.

No había patrocinadores.

No había oficinas.

Solo había personas intentando hacer algo.

A veces conseguíamos alimento.

A veces no.

A veces podíamos ayudar.

A veces tocaba ver cómo las necesidades eran más grandes que los recursos.

Porque esa es una realidad que mucha gente no entiende.

Llevar comida a refugios y fundaciones es difícil.

Mantener animales es difícil.

Curarlos es difícil.

Encontrarles hogar es difícil.

Y aun así hay personas que lo hacen todos los días.

Muchas veces sin reconocimiento.

Muchas veces poniendo dinero de su propia bolsa.

Muchas veces sacrificando cosas personales.

Mientras tanto la mayoría de la gente sigue su vida sin darse cuenta de todo lo que ocurre alrededor.

A nadie parece importarle.

O al menos eso parece algunas veces.

Recuerdo que hubo años en los que mi vida era completamente distinta.

Fui alcohólico durante mucho tiempo.

Todos los días.

Cinco o seis Four Loko a lo largo del día.

A veces más.

A las siete de la noche ya iba rumbo al Oxxo por otras dos.

Si no había, caminaba hasta alguna tienda.

Si tampoco tenían, seguía buscando.

A veces terminaba comprando hasta la una de la mañana.

Así durante años.

Todos los días.

Sin descanso.

Pensaba que así era la vida.

Pensaba que así iba a terminar.

Pero las cosas cambian cuando menos lo esperas.

Un día desperté y había un gato acostado junto a mí.

—¿Y este gato? —pregunté.

—Es nuestro —contestó mi esposa—. Mira, ya se acostó contigo.

No entendía cómo había pasado.

Lo conocíamos desde que era pequeño.

Un gato de todos y de nadie.

De esos que viven entre varias casas.

De esos que parecen tener muchos dueños y ninguno al mismo tiempo.

La verdad es que yo no quería un gato.

Nunca me habían gustado demasiado.

Pero él tenía otros planes.

Llegaba y tocaba la puerta.

Se sentaba conmigo.

Se acostaba cerca.

Y poco a poco nos acostumbramos el uno al otro.

En las madrugadas entraba maullando como si quisiera avisar que ya había llegado.

Y cuando quería salir también gritaba.

Era imposible ignorarlo.

Con el tiempo se volvió parte de la familia.

Pero los gatos tienen una vida distinta.

Les gusta explorar.

Les gusta recorrer el mundo.

Y eso a veces tiene consecuencias.

Una noche comenzó a insistir para salir.

Maullaba.

Rascaba.

Volvía a maullar.

Le abrimos la puerta.

Afuera había una gatita.

Hermosa.

De ojos claros.

Parecía que nos estaba presentando al amor de su vida.

Dos días después entendí por qué tantas personas dicen que los gatos no deben salir.

Fui a recogerlo.

Y murió en mis brazos.

Todavía recuerdo el dolor de aquel momento.

La sensación de impotencia.

La rabia.

La tristeza.

Pero la gatita se quedó.

Pasó el tiempo.

Nadie parecía conocerla.

La llevamos al veterinario.

Y descubrimos que estaba embarazada.

Hoy tengo cuatro gatos.

Mis pequeños ángeles.

Animales que llegaron cuando menos lo esperaba y terminaron ocupando un espacio enorme en mi vida.

Quizá por eso entiendo tanto a los perritos de Sur 78.

Porque cuando convives con animales aprendes algo importante.

Ellos nunca te preguntan cuánto dinero tienes.

No les importa tu pasado.

No les importa si alguna vez estuviste perdido.

No les importa si cometiste errores.

Simplemente te aceptan.

Y eso es algo que muchas personas jamás aprenden a hacer.

Cada vez que paso por Sur 78 sigo viendo a los perros.

Algunos ya no están.

Otros llegaron después.

La calle cambia.

La gente cambia.

Los años pasan.

Pero siempre hay algún perro esperando junto a una banqueta.

Siempre hay algún gato escondido entre los carros.

Siempre hay alguien intentando ayudarlos.

Y siempre habrá historias que merecen ser contadas.

Porque para muchos son solo perros.

Solo gatos.

Pero para quienes los conocemos son vecinos.

Son sobrevivientes.

Son parte de la historia de San Agustín.

Y mientras sigan caminando por estas calles, seguirán siendo también parte de la nuestra.

17/06/2026
🛑Los Perritos y Gatitos de San AgustínHistorias de quienes nunca dejaron de esperar✍🏿Autor AnonimoCapítulo 1Tyson y las ...
15/06/2026

🛑Los Perritos y Gatitos de San Agustín
Historias de quienes nunca dejaron de esperar
✍🏿Autor Anonimo

Capítulo 1

Tyson y las noches de San Agustín

La noche se siente diferente en San Agustín.

No sé si sea por las calles largas, por los postes que apenas iluminan algunas esquinas o porque cuando oscurece el barrio parece mostrar una cara distinta. Los ruidos cambian. Las conversaciones desaparecen. Los negocios bajan sus cortinas y poco a poco el silencio comienza a ocupar el lugar que durante el día pertenece a la gente.

Son las diez de la noche.

A lo lejos se escucha el motor de un taxi.

Viene rápido.

Demasiado rápido.

Durante años he visto lo mismo. Conductores que van contra reloj, buscando un pasajero más, un viaje más, unos cuantos pesos más. Algunos manejan con cuidado. Otros parecen creer que la calle les pertenece.

El taxi se acerca.

Las llantas rechinan.

Un claxon rompe el silencio.

—¡Quítate, pi**he perro!

La voz del conductor se pierde en la oscuridad.

Después acelera nuevamente y desaparece.

La escena dura apenas unos segundos.

Para él probablemente no significó nada.

Para mí sí.

Porque sé quién era el perro que estuvo a punto de morir esa noche.

Se llama Tyson.

Camina por el cruce de Avenida Piedad y Sur 88 como si conociera cada bache, cada árbol y cada esquina mejor que cualquiera de nosotros.

Es un perro gris.

Grande.

Fuerte.

Con las orejas cortadas.

La clase de perro que hace que muchas personas cambien de banqueta.

La primera vez que lo vi pensé que era agresivo. Su aspecto imponía respeto. Parecía uno de esos perros que fueron criados para pelear.

Pero los animales suelen ser mejores que las apariencias que les ponemos.

—Tyson, súbete a la banqueta.

Me mira.

Mueve ligeramente la cola.

Lo acaricio.

Y entonces aparece el verdadero Tyson.

Un perro tranquilo.

Noble.

Hambriento de cariño.

Hambriento de compañía.

Hambriento de algo que ya no tiene.

Porque Tyson no nació en la calle.

Alguna vez tuvo una casa.

Alguna vez tuvo un dueño.

Alguna vez tuvo una familia.

Recuerdo verlo años atrás sobre una motoneta. Siempre acompañado por un hombre que parecía recorrer medio San Agustín con él. Donde iba uno, iba el otro.

Eran inseparables.

Hasta que un día dejaron de verse juntos.

Después comenzaron los rumores.

Que lo habían matado.

Que había sido un ajuste de cuentas.

Que se había metido con las personas equivocadas.

Que aquello.

Que esto otro.

La verdad es que nadie sabe con certeza qué ocurrió.

Y en San Agustín muchas historias terminan así.

Convertidas en rumores.

Convertidas en silencio.

Convertidas en una ausencia que nadie explica.

Lo único que sé es que Tyson se quedó.

Su dueño desapareció.

Pero él siguió esperando.

A veces lo veo caminar sin rumbo.

Más flaco que antes.

Más cansado.

Con la mirada perdida.

Y hay momentos que me parten el alma.

Cuando escucha una motocicleta acercarse.

Entonces levanta la cabeza.

Voltea.

Observa.

Espera.

Durante unos segundos parece creer que aquel sonido pertenece a la persona que una vez fue su mundo entero.

Luego la moto pasa de largo.

Y Tyson sigue caminando.

Solo.

Como si nada hubiera ocurrido.

Mi madre suele darle comida algunas veces.

—Llévasela hasta allá —me dice—. Porque si se acostumbran, luego ya no se van.

Siempre me hace gracia escucharla.

Porque habla como una mujer criada en otro tiempo.

Una mujer de pueblo.

De esas que dicen que los animales deben estar afuera.

Pero yo sé que en el fondo no es verdad.

Porque también la vi llorar.

La vi llorar cuando Rocky murió.

Y nadie llora por algo que no ama.

Los perros tienen una forma extraña de entrar a nuestras vidas.

No piden permiso.

No preguntan.

Simplemente llegan.

Y cuando menos te das cuenta ya forman parte de tu historia.

Quizá por eso me duele tanto ver a Tyson.

Porque cada vez que lo veo pienso en Rocky.

Pienso en todos los perros que alguna vez tuvieron una familia.

Pienso en todos los que esperan.

Pienso en todos los que fueron olvidados.

San Agustín está lleno de ellos.

Algunos duermen cerca de los mercados.

Otros debajo de carros abandonados.

Otros buscan refugio bajo una lámina cuando llueve.

Muchos nacieron en la calle.

Pero muchos otros no.

La gente suele pensar que los perros callejeros siempre fueron callejeros.

No es cierto.

Muchos conocieron el calor de una casa.

Muchos durmieron sobre una cobija.

Muchos tuvieron un nombre.

Muchos escucharon que alguien les decía "buen perro".

Hasta que un día dejaron de ser importantes.

Y terminaron caminando solos.

A veces me pregunto qué sentirán.

Imagino que debe ser parecido a despertar un día y descubrir que todo lo que conocías desapareció.

Sin explicación.

Sin despedidas.

Sin respuestas.

Solo ausencia.

Los animales no entienden por qué los abandonan.

No entienden por qué dejan de quererlos.

No entienden por qué la persona que los alimentaba ya no vuelve.

Solo esperan.

Y siguen esperando.

Quizá por eso Tyson sigue mirando cada motocicleta que pasa.

Quizá porque en algún lugar de su memoria todavía existe la esperanza.

Y la esperanza es algo que ni siquiera la calle puede matar por completo.

Las noches de San Agustín están llenas de historias.

Historias que la mayoría de la gente nunca ve.

Porque todos caminan deprisa.

Porque todos tienen problemas.

Porque todos llegan cansados.

Pero cuando aprendes a observar, descubres otro barrio.

Un barrio habitado por perros que conocen mejor las calles que cualquier vecino.

Por gatos que aparecen y desaparecen como fantasmas.

Por animales que sobreviven gracias a unas cuantas personas que todavía conservan algo de empatía.

A veces pienso que los perros callejeros son los verdaderos cronistas de San Agustín.

Ellos han visto todo.

Han visto generaciones enteras crecer.

Han visto parejas enamorarse.

Han visto familias romperse.

Han visto gente partir para nunca regresar.

Han visto violencia.

Han visto tristeza.

Han visto muerte.

Y aun así siguen moviendo la cola cuando alguien les ofrece una caricia.

Quizá por eso los admiro.

Porque conservan la nobleza incluso después de que el mundo les ha mostrado su peor cara.

Esa noche, después de que el taxi desapareció, Tyson continuó caminando.

Lo observé alejarse por la avenida.

Su silueta se fue perdiendo entre las sombras.

Durante unos segundos volvió a escuchar el ruido de una motocicleta.

Volteó una vez más.

Esperó.

Nada.

La moto siguió su camino.

Tyson bajó la cabeza y continuó avanzando.

Lento.

Silencioso.

Como quien sigue buscando algo que perdió hace mucho tiempo.

Y mientras lo veía desaparecer en la oscuridad entendí algo.

En San Agustín hay muchos perros.

Muchísimos.

Pero algunos dejan de ser simplemente perros.

Algunos terminan convirtiéndose en parte del barrio.

Parte de sus calles.

Parte de su memoria.

Tyson era uno de ellos.

Y esta es apenas la primera de muchas historias.

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13/06/2026

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13/06/2026

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🛑En San Agustin Ecatepec
13/06/2026

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