30/10/2024
El 31 de octubre ha sido escogido como Día de la Reforma y, como tal, se lo recuerda en todas las iglesias que han heredado las consecuencias de lo sucedido en aquella fecha, en el año 1517.
Al comienzo de la noche, algunos vecinos oyeron unos martillazos que provenían de la catedral de la ciudad alemana de Wittemberg. Allí estaba Martín Lutero, un fraile agustino, profesor de la universidad local, clavando en la puerta un documento con 95 preguntas –que entonces se llamaban “tesis”– sugiriendo que fueran discutidas. No podía soportar que se estuvieran vendiendo indulgencias o sea papeles que aseguraban que las almas saldrían del purgatorio con ese pago.
Se ha dicho muy bien que esos martillazos cambiaron la historia. No se trata tanto de que la evolución de los hechos posteriores dieran lugar al nacimiento de iglesias separadas del Vaticano, sino al significado que fue adquiriendo el movimiento con el que nos identificamos todos los evangélicos.
En primer lugar, fue un reclamo de volver a las Escrituras. Habían sido puestas a un lado, pero desde entonces se las tuvo como norma de fe y práctica. A todo creyente, a toda persona libre se le permitió desde entonces la lectura personal y directa de la Palabra de Dios para seguirla de acuerdo a los dictados de su conciencia.
Porque fue esencialmente un grito de libertad. No era sólo que el pontífice de Roma ya no era obedecido como alguien que disponía de las mentes de los hombres, sino también que cada cual tenía el derecho, dado por Dios, de interpretar el texto sagrado y de unirse a la iglesia que le indicara su conciencia.
De ese modo, se separó lo espiritual de lo gubernamental. El estado seguiría teniendo autoridad para regir los destinos de la nación en lo secular, pero, dando al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, por lo espiritual sólo era necesario responder ante el Señor de los cielos.
Por lo mismo, la iglesia no era algo a lo cual se llegara sólo por ser ciudadano de un país, sino por la libre elección del camino de la salvación en Jesucristo y por la unión con otros que tuvieran la misma fe.
Y del mismo modo, surgió la conciencia de que el cristiano, individualmente y como iglesia, tiene responsabilidades con sus prójimos, en la evangelización, y con el mundo en las misiones.
Por cierto, Lutero no imaginaba todo eso, pero sin aquellos martillazos, Dios hubiera tenido que elegir otro camino para traer esas convicciones al mundo. Son las nuestras y por eso debemos agradecer a Dios por aquella hora y unirnos a todos los que comparten esas mismas convicciones.
Sigue a Dios, no una religión u hombres, Cristo pagó por tí, para que lo puedas, seguir, amar, adorar, y compartir en libertad que Él pago y la religión oficial encadenó en doctrinas falsas y dogmas contrarios a los evangelios.