10/09/2025
Las bicicletas rentadas
A veces me pregunto, ¿en qué consiste la felicidad de nuestras crías? Crecí en la colonia Carolingia, en la zona 6 de Mixco. Una colonia que inició como un asentamiento después del terremoto de 1976. Allí, en las calles de tierra, jugué con mis amigos y amigas de la infancia, con mi querida amiga Margarita, que vivía frente a mi casa.
Jugábamos de todo un poco: tenta, kit bol, matado, carreritas, en fin, mis zapatos para salir a jugar estaban siempre llenos de tierra y a pesar de todas las duras vivencias por las que pasé junto a mi mamá y mis hermanas debido al alcoholismo de mi papá, había algo que me hacía verdaderamente feliz: manejar bicicleta.
No tenía una bici propia. Mi último vehículo había sido un triciclo azul precioso, con flequitos que salían del timón en ambos lados, y que hacía mucho que yo ya no cabía en él. Incluso, yo no sabía manejar bicicleta, fue en una Semana Santa, a mis 9 años, que Aleyda, una de las hermanas mayores de Margarita, me enseñó a manejar en una bicicleta rentada.
Sí, rentada. En la parada de buses de la colonia había un pinchazo. Allí, a la par de la venta de carbón de don Ricardo, que en paz descanse, alquilaban bicicletas por Q1 la hora o bien, 50 len (centavos) la media hora. Eran un montón de bicicletas viejas, pero con buenas llantas y siempre había una peor que la otra, pero si llegabas temprano, antes de que el ishtal saliera a jugar, lograbas hallar las mejorcitas.
Íbamos con la Margo (así le decía a Margarita) a alquilarlas cuando teníamos pisto, porque en aquel entonces 50 len alcanzaban para comprar un Yupi (refresco en bolsita) y un Nacho Diana; o media fila de pan francés, o media barra de margarina, o 5 tortillas. En fin, era pisto del presupuesto familiar y no abundaba en aquellos años, pero de niñas no pensábamos en eso.
Con suerte, lográbamos agarrar una buena bicicleta que reunía las siguientes características: el sillón era cómodo, buenos frenos, no tan rayada, ni oxidada, con una cadena consistente. Incluso, ya teníamos choteadas la que nos gustaba, pero a veces algún patojo se nos adelantaba y nos la “ganaba”.
Tuve mi primera bicicleta, la mía, la propia, cuando estaba por cumplir los 12 años, y me alegró tenerla, pero siempre recordaré las aventuras que vivimos en las bicis rentadas, porque no es el objeto lo que da felicidad a nuestros hijos e hijas, sino la compañía de lindas amigas y lo maravilloso de formular soluciones para pasarlo bonito.
A mi amiga Margo. Gracias por hacer de mi infancia un bonito pasaje.
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