15/09/2026
🙏
Lo que se hundió no quedó fuera del alcance de Dios
“Cortó él un palo, y lo echó allí; e hizo flotar el hierro.”
2 Reyes 6:6
Los hijos de los profetas vivían y aprendían juntos bajo la dirección de Eliseo. El lugar donde se reunían ya les resultaba pequeño, así que decidieron ir al Jordán, cortar madera y construir un espacio más amplio.
Mientras uno de ellos derribaba un árbol, el hierro del hacha se desprendió del mango y cayó al agua. Aquel hombre gritó angustiado:
“¡¡Ah, señor mío, era prestada!”
En esa época, una herramienta de hierro era costosa y difícil de reemplazar. Probablemente aquel joven no tenía los recursos para pagarla. No perdió solamente un pedazo de metal; perdió algo que no le pertenecía y adquirió una deuda que quizá no podía cubrir.
Entonces Eliseo le hizo una pregunta sencilla: “¿Dónde cayó?”
El profeta cortó un palo, lo arrojó en aquel lugar y Dios hizo flotar el hierro. Lo pesado desafió su propia naturaleza. Lo que debía quedarse en el fondo salió a la superficie porque Dios intervino.
Hay situaciones que también parecen haberse hundido en aguas demasiado profundas: una oportunidad perdida, una relación herida, una esperanza apagada, la salud quebrantada o la paz que ya no sabemos cómo recuperar. Buscamos con nuestras propias fuerzas, pero no alcanzamos el fondo.
Sin embargo, aquello que salió de tus manos no salió del alcance de Dios.
El Señor no consideró insignificante la angustia de aquel joven. Dios, que dividió el mar para liberar a una nación, también movió las aguas para socorrer a un solo hombre preocupado por una herramienta prestada. Esto nos enseña que no solamente atiende las grandes tragedias; también escucha esas preocupaciones que quizá otros consideran pequeñas, pero que para nosotros pesan demasiado.
Eliseo preguntó: “¿Dónde cayó?” Dios conoce el lugar, pero muchas veces quiere que nosotros lo reconozcamos. ¿Dónde comenzó a hundirse tu ánimo? ¿En qué momento perdiste la paz? ¿Dónde dejaste caer aquello que te había confiado?
Señalar el lugar es dejar de esconder la pérdida y presentársela al Señor.
Pero observa el final: cuando el hierro flotó, Eliseo le dijo: “Tómalo”. Dios realizó lo imposible, pero el joven tuvo que extender la mano. Hay milagros que Dios pone a nuestro alcance, pero nosotros debemos responder: pedir perdón, volver a intentarlo, aceptar ayuda, retomar la oración o levantarnos nuevamente.
No sabemos si Dios devolverá cada cosa exactamente como estaba. Esta historia no promete que nunca sufriremos pérdidas. Nos asegura algo más profundo: ninguna profundidad limita el poder de Dios y ninguna preocupación sincera es demasiado pequeña para su cuidado.
Aunque tú solamente veas aguas oscuras, Dios todavía sabe dónde cayó. Y si está dentro de su propósito, Él puede hacer hacer aquello que parecía irrecuperable, sacarlo del fondo y ponerlo nuevamente al alcance de tu mano.
Lo que se hundió puede ser demasiado pesado para ti, pero jamás será demasiado profundo para Dios.