18/04/2026
Impulso perpetuo XXIX
A veces nos asedia la soledad en las tierras de las grandes travesías. Es un impulso perpetuo, pero con la fatiga del caminante que no puede detener su andar. Es el punto medio entre el lamento y la dicha, huir y la perplejidad que aterriza a continuación. He venido al desierto para reírme de tu amor, que el desierto es más tierno y la espina besa mejor, canta Lhasa de Sela. He venido encendida al desierto para quemar, porque el alma prende fuego cuando deja de amar, canta Lhasa. En esa expedición hay iluminaciones. Espacios para disfrutar y olvidar las flechas que nos han alcanzado. El caminar cansado del viajero tenaz, del paseante en movimiento y desasosiego. Estuvimos ayer escuchando el concierto de unas amigas, con canto, guitarra, danza y teatro, en esa inspiración y saudade de canciones que ocuparon nuestra infancia, que cantamos en algún otro lado que este. El día antes habíamos estado conversando con las feministas y antirracistas en otra de esas reuniones del milagro de la resistencia. La soledad parece algo falso con esos encuentros. Algo nimio, pequeño, irrelevante. Porque esas ocasiones son la esencia del viajero atento. Del viajero que no renuncia. Se apaga la ciudad, se quema la ciudad, se hunde la ciudad, canta Lhasa de Sela. Te quiero amar, canta Lhasa. Así ocurre con el que llega: quiere amar. No siempre se nos da esa oportunidad. Muero quizá, canta Lhasa. Soñando, canta. Rezando, canta. Firmes en la dimensión del arte, el activismo y la solidaridad, te quiero amar.
bal.art
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