01/12/2025
La Fundación Juan Brito se hace eco de la triste noticia del fallecimiento del escritor Félix Martín Hormiga.
Vinculado íntimamente a la vida cultural de Arrecife, tenía también un compromiso humano.
Antes del que la Fundación estuviera creada, Juan Brito le pidió que escribiera un pequeño relato que hablara sobre la memoria de las personas mayores y así editar un libro que se me entregados a los usuarios de la residencia de mayores Las Cabreras.
Dejamos aquí esta preciosa historia que hablaba de su madre y que habla también de su humanidad como persona.
Gracias por todo lo que aportaste a esta Isla.
LOS MINUTOS DE ORO
En los últimos años mi madre, afectada ya por una leve e intermitente demencia senil, se sentaba en la silla más cercana a la puerta de la calle y colocaba una bolsa con algunas cosas dentro en una silla al lado. Jamás le pregunté sobre el contenido de la bolsa, eran sus cosas, las cosas para el viaje. Constantemente preguntaba por su madre o exclamaba: “¡Qué raro, que mi madre no haya vuelto de la recova!, yo ya tengo ganas de irme a mi casa”. La niñez le estaba volviendo, cerrándole el ciclo de la vida. Entonces yo me dejaba atrapar por ese caudal de memoria y empezaba a recordarla cuando era pequeño, su amor y generosidad; su llanto escondido cuando no se posaban en nuestra casa las noticias sobre mi padre y mis hermanos que andaban navegando. No hay noche más aciaga que aquella en la que pensamos y nos preguntamos por los que dormitan sobre el inmenso y oscuro mar.
Recuerdo que a mí, allá en Tite Roy Gatra, me gustaba estar hasta bien avanzada la noche con los amigos, en la esquina o en casa de Talavera, viendo la colección de folletos de cine. Una noche llegué bastante tarde, bordeaban las once. Al entrar escuché el ritmo sonoro de la máquina de coser y las palabras de mi madre: “¿Muchacho, dónde se te apagó el jacho?”. Yo le sonreí desde la puerta de la habitación y comencé a darle explicación, pero ella me interrumpió: “Vete, tómate la leche y acuéstate”.
Al verla, en silencio, con la preocupación de una niña que espera a su madre, me conmueve y me empuja a quererla más que nunca, para entregarle parte del amor que ella nos profesaba. Ojalá lleve en esa bolsa el destino de nuestra vida.
Murió cuando su madre apareció a buscarla. Su muerte supuso un dolor incrustado en las distintas memorias y también en la alegría inmensa de que su generoso vientre nos fabricara como hijos. Ahora echo de menos hasta su repetición de la pregunta cuando iba de viaje a verla: “¿Ya comiste?”. Pero no se adueña de mi alma su ausencia, porque casi a diario paso por la calle donde vivimos la primera infancia, allí en Luis Morote y el Callejón Liso, y la saludo, a ella primero, luego a mi padre, a mis tíos y a los vecinos, como Madre Quica, que me enseñó que jugar “a la guerra” no era bueno ni divertido.
Creo que su demencia senil, que no era de manera continuada, era un período de aprendizaje para volver a la infancia, al calor de la madre. El secreto maravilloso es que los hijos sepan compartir esos minutos de oro que es la niñez.
Félix Hormiga, diciembre 2015