14/05/2026
EL CABRERO: LA VOZ LIBRE QUE NUNCA SE ARRODILLÓ
Hay gente que pasa por la vida haciendo carrera. José Domínguez Muñoz, El Cabrero, hizo algo bastante más difícil: mantenerse entero. Y eso, en un país donde media cultura oficial consiste en premiar al obediente y domesticar al incómodo, tiene un mérito descomunal.
Se nos ha mu**to El Cabrero. Y duele.
No voy a fingir ahora que soy un entendido en flamenco. Nunca lo fui. No sé distinguir media docena de palos sin equivocarme y tampoco me interesó nunca esa competición de eruditos que a veces rodea al cante, como si hubiera que pedir permiso para emocionarse. Yo conecté con José desde el primer momento por algo mucho más sencillo: cantaba sobre la vida de la gente. Sobre los jornaleros, sobre la miseria, sobre la dignidad, sobre el campo, sobre la rabia de los de abajo. No hacía estampitas para señoritos ni convertía el sufrimiento en folklore decorativo. Y, sinceramente, agradecí escuchar a alguien que no estaba todo el día cantándole a vírgenes y santos mientras el mundo se caía a pedazos alrededor. El Cabrero cantaba como vivía: sin pedir permiso.
Recuerdo perfectamente la primera vez que lo vi actuar. Fue en el Hotel Peña Cruz, en Malpartida de Cáceres. Fui acompañado de Paca Blanco, otra luchadora incansable, de esas personas que dejan huella sin necesidad de medallas ni cargos. El salón estaba lleno hasta la bandera. No cabía un alma más. Había un ambiente eléctrico, de esos que uno nota antes incluso de que empiece el espectáculo. La gente no iba allí solamente a escuchar flamenco. Iba a escuchar verdad.
En mitad de la actuación, algún id**ta del público le pidió que cantase algo de Camarón. Cosas de este país: hay quien cree que un artista es una jukebox con patas. José paró, lo miró con tranquilidad y le respondió, educadamente, que no había venido al Peña Cruz para eso. Sin numeritos. Sin arrogancia. Simplemente dejando claro que él tenía una voz propia y que no estaba allí para imitar a nadie. Aquello me impresionó mucho más que cualquier exhibición técnica. Porque en esa respuesta estaba resumido El Cabrero entero: coherencia, personalidad y dignidad.
La segunda vez que lo vi fue en Portaje, si la memoria no me falla. Y volvió a ocurrir lo mismo: un acto multitudinario, lleno de sentimiento popular, de gente sencilla emocionada escuchando a un hombre que seguía pareciendo uno de ellos incluso encima del escenario. No había distancia entre artista y público. José nunca jugó a ser una estrella. Seguía siendo aquel pastor de cabras de Aznalcóllar que entendía el mundo desde abajo y desconfiaba profundamente de las jerarquías, de los poderosos y de toda esa fauna que vive de mandar sobre los demás.
Por eso tanta gente lo sintió cercano. Porque El Cabrero no utilizó el compromiso como maquillaje cultural. No era postureo de festival subvencionado ni discurso de salón. Era un hombre afiliado a la CNT que hablaba de explotación porque la había visto de cerca. Que defendía la libertad porque sabía perfectamente lo que cuesta conservarla. Que terminó incluso sentado en un calabozo por blasfemia en 1982, en uno de esos episodios que retratan bastante bien la España rancia que algunos todavía añoran entre banderitas y nostalgias imperiales.
José nunca dejó de ser pastor del todo. Y eso se notaba. En la forma de mirar. En la forma de hablar. En esa austeridad casi seca que transmitía. Mientras otros perseguían fama, televisión y aplausos fáciles, él seguía caminando por libre. Cantando fandangos, soleás o seguiriyas con una crudeza que no necesitaba adornos. Había algo profundamente honesto en su manera de estar en el mundo.
También por eso conectó con tanta gente fuera del flamenco. Porque detrás del cantaor había una idea ética de la vida. Una negativa constante a venderse. Y eso hoy resulta casi revolucionario. Vivimos tiempos donde demasiada gente convierte cualquier convicción en mercancía a la primera oferta medio decente. José no.
Ni siquiera cuando llegaron reconocimientos, colaboraciones internacionales o la admiración de músicos de todo tipo dejó de parecer un hombre de campo al que le incomodaba bastante el espectáculo de la celebridad. Tal vez porque sabía algo elemental que demasiados olvidan: el arte pierde fuerza cuando se separa de la vida real.
Ahora se ha ido una de esas voces que parecían imposibles de apagar. Y uno siente una tristeza rara, mezcla de duelo y agradecimiento. Porque El Cabrero fue mucho más que un cantaor. Fue memoria obrera, rebeldía campesina, orgullo andaluz sin patrioterismo y honestidad a contracorriente.
Quedan sus discos. Queda su ejemplo. Queda esa manera suya de cantar como quien araña la tierra con las manos. Y quedan también esos recuerdos pequeños, personales, que al final son los que de verdad importan. Un salón abarrotado en Malpartida. Paca Blanco sonriendo entre la gente. Un hombre negándose a convertirse en copia de nadie. Y un pueblo entero emocionado escuchando canciones que hablaban de ellos mismos.
No es mal legado para alguien que nunca quiso ser un ídolo.
Descansa en paz, José. El monte se queda hoy un poco más silencioso.