14/05/2026
Hilda Farfante tenía cinco años cuando su madre Balbina fue detenida en la puerta del colegio del que era directora.
Su único delito ser maestra durante la República.
Cuando Ceferino, el padre de Hilda, se enteró de la detención de su mujer fue a buscarla, pero ya la habían matado.
Habían atravesado su cuerpo, ese con el que él había dormido, al que había abrazado, ese que había llevado dentro a Balbina y a sus dos hermanas, del que se había enamorado, ese que se había encargado de enseñar libertad a los niños y niñas de un pueblo de Asturias, hasta dejarlo limpio de existencia.
La tiraron a una cuneta.
Aplicando para ello la misma fuerza y el mismo tiempo que se utiliza para rodar un mueble de sitio.
Ceferino, que también era maestro, fue fusilado esa misma noche.
Las balas se alojaron en la misma carne que había ayudado a sus hijas a ponerse de pie cuando empezaron a andar, esa carne que había conseguido hacer pensar a otros dentro de un aula, la que había conseguido sobreponerse a la enfermedad y el miedo y las dudas, esa que había permanecido a pesar de todo.
Lo tiraron a un barranco.
Con el mismo gesto con el que se cogen las crías a una gata recién parida y se meten en una bolsa que se golpea sobre una piedra hasta que ya no se oye nada.
Ceferino y Balbina sobrevivieron a la guerra civil, pero no a la réplica violenta que se sucedió una vez finalizada y que acabó con la vida de miles de personas represaliadas.
Hilda creció sin poder preguntarle a su padre lo que sintió la primera vez que vio a su madre, sin que pudiera compartir la alegría de un primer beso, sin poder presentarles a su mejor amiga, mamá tengo miedo, papá cuéntame otra vez.
Vivió sin ellos.
Y hoy ha mu**to a los 96 años.
Lo único que quería antes de morir era encontrar los restos de su padre y de su madre a los que nunca dejó de buscar.
No lo consiguió.
La memoria es hoy, es urgente, es aquí.
En este país, lleno de cuentas, barrancos y fosas, donde aquellos que buscan, se van yendo, hasta que ya no quede nadie que pueda llamar por su nombre a quienes un día hicieron desaparecer.
Hasta que ya nadie sepa quiénes fueron ni Ceferino, ni Balbina, ni sus hijas.