12/04/2026
Segura de la Sierra – Peña del Olivar (Siles) 20.35 kilómetros
La llegada al punto de inicio no pudo ser más sugerente: una temperatura suave, casi perfecta para caminar, y un cielo cubierto que, lejos de intimidar, parecía invitarnos a la aventura.
La niebla abrazaba las cumbres, envolviendo el paisaje en un halo de misterio. No tardó en cumplirse la amenaza: las primeras gotas comenzaron a caer, como si el cielo quisiera bendecir nuestro caminar.
Antes de iniciar la marcha, hicimos una breve parada frente a la estatua de Jorge Manrique. Allí, con el imponente yelmo de Segura de la Sierra apenas insinuado entre la niebla, el tiempo pareció detenerse. Historia, naturaleza y emoción se dieron la mano en ese instante silencioso que cada uno guardó para sí.
Y comenzamos.
El suelo, mullido y generoso, acogía nuestros pasos con suavidad. Caminar se volvía un placer sencillo, casi primitivo.
A los lados del sendero, el romero en flor nos acompañaba fielmente, como un viejo amigo que nunca falla. Su aroma, persistente y limpio, impregnaba el aire y nos recordaba que estábamos en tierra viva.
Orcera se dejaba ver a lo lejos, apareciendo y desapareciendo entre bancos de niebla, como un susurro en el paisaje. Nos observaba en silencio mientras avanzábamos, hasta que iniciamos la bajada hacia la Fuente de los Estrechos.
Allí, el río Orcera nos dio la bienvenida con su murmullo constante, fresco y cristalino. Fue momento de descanso, de detener el paso y reponer fuerzas. Una pérgola de madera, con sus bancos y mesas, se convirtió en refugio improvisado. Justo entonces, el cielo descargó con fuerza. La lluvia, ya sin reservas, nos acompañaría buena parte del camino.
Reanudamos la marcha bajo el repiqueteo constante del agua.
Las raíces de los imponentes pinos cruzaban el sendero, serpenteantes, buscando vida bajo la tierra húmeda.
Convertían el camino en un reto, resbaladizo y exigente, pero también auténtico, recordándonos que la montaña no se conquista, se respeta.
La temperatura seguía siendo ideal. Ni el frío ni el calor alteraban el ritmo de nuestros pasos. Solo la lluvia marcaba el compás.
Y entonces apareció el silencio.
Ese silencio profundo del Camino, solo roto por el sonido de las gotas golpeando los ponchos, por el leve crujir de las pisadas sobre la tierra mojada. Un silencio que no incomoda, sino que acoge. Un silencio necesario, que invita a mirar hacia dentro mientras se avanza hacia fuera.
Los chaparrones, intermitentes, nos recordaban que en la montaña todo es cambiante, que cada paso es un diálogo con la naturaleza. Y nosotros, humildes peregrinos de un día, aceptábamos ese diálogo con una sonrisa bajo la lluvia.
Finalmente, la ruta nos condujo hasta la Peña del Olivar, en Siles.
Allí nos esperaba algo más que una comida: nos aguardaba el calor humano.
Entre risas, conversaciones y la satisfacción del camino compartido, la jornada encontró su broche perfecto. El ambiente, cargado de camaradería, puso el punto final a una experiencia que había comenzado con incertidumbre y terminó con plenitud.
Porque al final, no es la lluvia ni el barro lo que define el Camino…
son las huellas invisibles que deja en quienes lo recorren.
Fotos propias y de miembros participantes