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Nuestros pueblos.
26/03/2026

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Vilafamés

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26/03/2026
26/03/2026

Que habilidad! 😃

14/03/2026
Sorolla, un pincel único.
06/03/2026

Sorolla, un pincel único.

06/03/2026

1860.

Italia vivía un periodo de grandes cambios. El país avanzaba hacia su unificación y el arte comenzaba a convertirse en una herramienta para denunciar injusticias que durante siglos habían permanecido ocultas.

En ese contexto, el escultor siciliano Salvatore Grita creó una obra perturbadora.

Una figura conocida como “La monaca incinta”, la monja embarazada.

La escultura muestra a una joven religiosa recostada entre ruinas. El espacio parece cerrarse lentamente sobre ella, como si las paredes quisieran atraparla. Lleva el hábito monástico, pero su mano protege el vientre con un gesto instintivo.

Está embarazada.

Ese detalle rompe por completo la imagen tradicional de la vida religiosa.

Al pie de la obra aparece una frase que revela la intención del artista:

“A los protectores y partidarios del voto antinatural”.

Con estas palabras, Grita denunciaba una práctica social presente en diversas regiones de Italia en el siglo XIX.

Cuando una mujer quedaba embarazada fuera del matrimonio, muchas familias optaban por una solución brutal: obligarla a ingresar en un convento y tomar votos religiosos. Tras el nacimiento, el niño era enviado a un orfanato y la madre quedaba recluida de por vida en la vida monástica.

La reputación familiar quedaba intacta.

La madre y el hijo pagaban el precio.

Para Salvatore Grita, esta realidad no era solo una cuestión social. También era personal.

Su propia madre había quedado embarazada siendo muy joven. Él pasó parte de su infancia en un convento y no fue reconocido por su padre hasta muchos años después.

Ese pasado marcó profundamente su obra.

La figura de la escultura parece intentar proteger al niño que aún no ha nacido, como si quisiera evitar la separación que la sociedad ya ha decidido.

No hay violencia explícita.

Pero la sensación de encierro, impotencia y pérdida es imposible de ignorar.

Más de un siglo después, la obra sigue recordando algo incómodo:

que el arte también puede ser una forma de resistencia.

Y que detrás de muchas normas sociales respetables se escondían historias de silencio, dolor y separación.

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