16/10/2026
Querido Hermano Templario, contempla en lo más profundo de tu ser por qué convenía de manera absoluta e ineludible que Cristo padeciese. Pondera, con el alma sobrecogida, que el primer y grandioso fundamento de estas palabras pronunciadas por Jesús no fue otro que la soberana e insondable voluntad de su Padre, quien así lo decretó desde la sagrada eternidad.
La segunda razón clamorosa estriba en la profecía viva que, siglos antes, proclamó el Espíritu Santo por boca de los profetas. La tercera razón, que abate todo entendimiento, fue el ardiente y libre querer de Jesús: teniendo en sus manos la potestad de redimir al hombre por caminos llanos y exentos de amargura, eligió con determinación desgarradora el tormento supremo, empujado por un amor voraz y sublime hacia la humanidad, por ser este el testimonio más perfecto y excelente de todos.
Esta inmensa bondad del Hijo de Dios, este amor furioso, extraordinario e incomprensible hacia el linaje humano, debe abrasar de continuo tus meditaciones. ¡Fue por nosotros, y única y exclusivamente por nosotros, por quienes anheló entregarse a la muerte! Buscó con sed insaciable cada ocasión para sufrir, se rebajó hasta lo impensable, padeció abismos de agonía en su cuerpo y en su alma, y entregó su carne para ser clavada en el madero de la cruz.
¿Y acaso pretendemos nosotros huir cobardemente de los insignificantes pesares que salen a nuestro encuentro? ¿Cómo no hemos de ofrecerlos con entrega total a Jesús, siquiera en humilde consideración a los tormentos infinitos y horribles que Él devoró por nuestro rescate? ¿Es que hemos olvidado que el Reino de Dios se arrebata con sagrada violencia, que la pobreza es la verdadera prenda de la bienaventuranza eterna, y que para vivir auténticamente en Cristo es imprescindible abrazar la cruz, encajar persecuciones y derramar lágrimas de dolor?
Si no libramos una batalla despiadada contra nosotros mismos, si no nos mortificamos y nos clavamos con valor indomable en la cruz de Cristo, jamás lograremos arrancar de raíz la ponzoña del vicio, ni doblegar las pasiones, ni expulsar el pecado de las honduras del alma, ni aplastar a Satanás, nuestro eterno enemigo. ¡Entiéndelo bien! No existe virtud sólida sin la espada de la mortificación; no existe arrepentimiento sincero sin el fuego de la penitencia; no habrá paz para el espíritu en esta vida, ni gloria bienaventurada en la otra, sin el abrazo sangriento a la cruz de Jesucristo.
Por eso, mi Hermano, cuando el Señor ponga sobre tus hombros el peso sagrado de alguna Cruz, clama con fuerza e imperiosidad que así conviene entrar en el Reino, y bendice con reverencia la mano de Dios, que por medio de la cruz te purifica, te disciplina y te eleva hacia Él.
FTAT.NNDNN 🌹❤🌹