25/10/2026
📄 👤 José Manuel Bretones 📆 24/10/2016
El ajetreo del mercado municipal de El Quemadero
«El mercado era también una especie de periódico oral, una red de noticias que circulaban de boca en boca mucho antes de las redes sociales».
Hace casi 65 años, el Ayuntamiento de Almería creó una red de mercados municipales de barrio destinados a facilitar la compra de alimentos frescos y de temporada a los ciudadanos.
Uno de estos mercados de barrio se alzó en la Plaza del Quemadero, justo en el espacio donde una fuente surtía de agua potable a la vecindad.
A finales de la década de los sesenta y hasta bien entrada la de los ochenta, el Mercado municipal de El Quemadero concentraba la actividad comercial no solo de su barrio, sino de los núcleos urbanos colindantes. A este enclave acudían a diario las vecinas de la Plaza de Toros, La Fuentecica y el Barrio de la Caridad, así como los residentes del enjambre de callejuelas que tejían el mapa urbano entre la calle Regocijos y los paseos de Versalles y de la Caridad.
La Plaza del Quemadero destacaba como un vibrante punto neurálgico donde confluían, nada menos, que ocho arterias viales: Gran Capitán, Regocijos, Barranco Bolas, Largo Caballero, Paseo de la Caridad, Quemadero, Restoy y Fuentecica. Históricamente, la zona latía con un tránsito incesante de peatones: desde los obreros que al amanecer marchaban rumbo al tajo, hasta los escolares que rompían el día con un alegre alboroto a las puertas del cercano colegio Ave María —obra del arquitecto José Pozo Padilla—. Este flujo constante y vigoroso de vidas cruzadas era el verdadero motor que alimentaba el alma del modesto mercado.
Los pequeños puestos, ubicados en mitad de la plaza, albergaban fruterías, carnicerías y pescaderías que abastecían de alimentos básicos a una nutrida población almeriense. En aquella suerte de isla comercial, los tenderos conocían a la perfección los gustos de cada cliente y las necesidades de cada hogar. Allí atendían, en 1967, profesionales como el vecino de la calle Ramos Emilio Segura Robles (1929) y Antonio Martínez Amate, ambos ofreciendo carnes de primera calidad; Cristóbal Rodríguez y Rafael Uclés, al frente de los puestos de pescado o Juan Gaitán Góngora (1946), despachando sus icónicas peras de agua, sandías de Níjar y frutas de temporada.
Eran los tiempos en los que los puestos del Quemadero se convertían en el corazón del barrio, espacios de encuentro, pequeños universos donde la vida transcurría entre saludos, conversaciones improvisadas, voces familiares y el ir y venir incesante de quienes acudían a llenar la cesta de la compra. Allí, cada mañana tenía su propio sonido, su propio ritmo y hasta su propio olor.
Ir al mercado de El Quemadero significaba mucho más que comprar. Era salir de casa y encontrarse con el barrio entero. Allí se coincidía con la vecina de la calle de al lado, con el conocido de toda la vida, con aquella persona a la que hacía días que no se veía o con el amigo que siempre tenía algo que contar. Las compras podían esperar un instante cuando surgía una conversación interesante. Bastaba una pregunta, un comentario sobre el tiempo, una referencia a la familia o una noticia recién llegada para que se formara una pequeña tertulia en mitad del trasiego.
El mercado era también una especie de periódico oral, una red de noticias que circulaban de boca en boca mucho antes de que las redes sociales se adueñaran de nuestras conversaciones. Si alguien había fallecido, la noticia corría como la pólvora entre clientas y vendedores. Si la cigüeña dejaba un bebé en alguna de las 68 viviendas sociales del grupo «Fructuoso Pérez», las enhorabuenas se introducían en las conversaciones del precio de los tomates.
Alrededor de los puestos se desarrollaba una actividad constante. Unos entraban mientras otros salían; alguien se detenía para consultar un precio y otra persona aguardaba su turno. Las bolsas se llenaban, las manos señalaban los productos y las conversaciones se entrecruzaban. En ocasiones, el paso se estrechaba entre los compradores y había que apartarse ligeramente para dejar circular a quien llevaba prisa. Todo parecía formar parte de una coreografía espontánea en la que cada cual encontraba su lugar.
Y, sin embargo, en aquel aparente desorden existía una armonía particular. El mercado tenía sus costumbres, sus horarios y sus personajes. Había compradores madrugadores, clientes fieles a determinados puestos, vendedores capaces de reconocer una cara entre decenas de personas y vecinos que acudían casi tanto por conversar como por hacer la compra. El tiempo parecía detenerse cuando alguien se encontraba con un conocido, pero volvía a acelerarse en cuanto las voces reclamaban atención y la actividad comercial recuperaba su ritmo.
Los jueves eran los días de mayor ebullición. Alrededor de la isleta comercial se desplegaba un mercadillo ambulante en el que se podía encontrar de todo: desde alimentos frescos, telas, camisas y ropa interior, hasta bebidas, sartenes, ollas, mantas e incluso jaulas con canarios que no dejaban de piar. Sin embargo, en el año 2000, el Ayuntamiento eliminó el entrañable «mercaíllo», lo que desató airadas protestas entre los vecinos, abanderadas por los dirigentes de la Asociación de Vecinos «Buen Futuro» del Quemadero-La Fuentecica.
Como era de esperar, el paso del tiempo fue transformando la esencia de aquel mercado de aire casi moruno. Los puestos se amoldaron a las necesidades del nuevo público a medida que llegaban otros comerciantes para hacerse cargo de las concesiones de las barracas municipales; nombres que ya forman parte de la memoria del barrio, como Ramón Fernández Segura, María López Carmona, Antonio Ramírez González o José Luis Francisco Mata García.
Los despachos de víveres se modernizaron e incorporaron rótulos comerciales para conectar mejor con la clientela. Así nacieron y se consolidaron marcas locales como «Markay», «Pescadería Cañadas», «Verdulería Matilla», «Carnicería Herrada», «Asador de pollos Quemadero», «Chuchilandia», «Carnicería Beycan», «Cárnicas Oña», «Verduras Carmen Alonso», «Carnicería Juanjo», «Mini bar Teide», «Eva», «Tac tacos» o «Street bear food».
Nuevos tiempos, nuevos productos y nuevas demandas. Pero, a pesar de los cambios, el corazón del barrio sigue latiendo con fuerza, día a día, alrededor de su mercado municipal.