13/05/2026
Los violadores sistemáticos de derechos humanos son maestros de la manipulación. Usan la demagogia política, el victimismo barato y el discurso falsamente “progresista” para engañar a la opinión pública, infiltrarse en la democracia y, una vez en el poder, blanquear y legalizar los crímenes más atroces que ni los peores criminales de guerra se atrevían a defender abiertamente.
El peor de esos horrores es el reclutamiento sistemático de niños y niñas para convertirlos en carne de cañón, esclavos sexuales y máquinas de matar. En Colombia, las FARC admitieron ante la JEP haber reclutado 18.677 menores, destruyendo miles de vidas inocentes de forma brutal e irreversible.
Ese mal lo encarna como pocos el senador Iván Cepeda, quien durante años negó tajantemente la magnitud de este crimen de lesa humanidad, descalificó a las víctimas, minimizó las atrocidades de la guerrilla y exigió “respeto” por sus dirigentes mientras miles de niños eran violados, asesinados y esclavizados. Su narrativa selectiva ha servido para blindar a los victimarios, atacar a quienes denuncian la verdad y pavimentar la impunidad bajo la máscara de la “paz”.
Hoy, frente a la confesión judicial de los propios jefes guerrilleros, su posición histórica queda al desnudo como lo que es. Complicidad moral con uno de los peores horrores del conflicto colombiano.
No podemos permitir que la democracia sea desmantelada desde dentro por los violentos y sus herederos políticos. Quienes usaron el terror para imponer su ideología no pueden ahora usar las instituciones democráticas para consagrar la impunidad y repetir el ciclo. Defender la verdad, la memoria real de las víctimas y el Estado de derecho no es de derecha ni de izquierda. Es cuestión de decencia humana elemental. Si cedemos ante esta farsa, estaremos traicionando a las miles de niñas y niños robados por la barbarie. Despertemos antes de que sea tarde.
Fuente del video: Impacto Noticias Uno