15/10/2025
Diario La Hora
*El derecho a la paz*
*Por Sara Serrano Albuja,*
*12 de octubre 2025 •* 12:06 hs
“Tristes guerras/ si no es amor la empresa. Tristes, tristes./ Tristes armas, si no son las palabras. Tristes, tristes”. El entrañable poeta Miguel Hernádez cuestionaba así los fines y medios de la guerra. El derecho a la protesta es sagrado en toda sociedad democrática, pero nunca debe confundirse con patente de corso, con vía libre e impunidad para desatar la violencia política, el vandalismo, la destrucción, el ataque a personas e instituciones y ningún tipo de excesos como ocurrió en los paros del 2019 y del 2022 o como está ocurriendo en Imbabura y otros lugares del país. ¿Quién paga la factura de tanto sufrimiento y pérdidas? Duelen las víctimas que la violencia arroja; los derechos no le pertenecen solo a un solo grupo o etnia, son de todos. Hace poco, la ciudadanía aplaudió la marcha pacífica que Cuenca hizo para defender su patrimonio natural y fuentes de agua en Quimsacocha. Otras marchas multitudinarias también se han hecho en Quito en otras épocas con claras directrices de prudencia y pacifismo, sin ánimo de dañar a personas, a propiedades o asaltar y destrozar a instituciones públicas y privadas. Quienes creemos en la dignidad de la participación ciudadana y su legítimo derecho a expresarse, sabemos que un régimen democrático necesita de la crítica y oposición transparentes para su equilibrio, control y contrapeso, pero ello no quiere decir que el fin justifique los medios y que se nos pida, a nombre de cualquier discurso anticolonial o etnicista forzado, normalizar y aceptar el caos y la violencia. Existe una diferencia ética entre protestar pacíficamente o desatar acciones vandálicas, posiblemente entrenadas o programadas con antelación, para generar conmoción y culpar de todo a supuestos infiltrados. Triste es recordar a las ambulancias que, en paros anteriores, fueron atacadas y a todos los afectados. ¿Se pueden objetar las formas de lucha social violentas en una sociedad democrática o son intocables si se camuflan en discursos y el color de piel? El estalinismo y el fascismo también enmascararon sus excesos y delitos a nombre de cualquier discurso o fanatismo: la humanidad debe aprender de esos errores. Necesario es diferenciar también y entender que no todo el movimiento indígena ha optado por seguir a dirigencias violentas y que se mantienen sanas y serias diferencias de actitud y argumentos. Todos sabemos que justicia es paz y que la paz exige respeto, pero tenemos que aprender que el respeto es de ida y vuelta; que el territorio amado de los ecuatorianos es toda nuestra geografía y también nuestras ciudades. Campos y ciudades, selvas y montañas, islas, costas, mares, ríos y páramos conforman nuestro ser ecuatoriano. El diálogo para solucionar los conflictos es fundamental, pero requiere una condición básica que es la voluntad de conseguir el fin superior de la paz y el bien común y ese noble fin, que solo lo valoran los verdaderos sabios, no lo aprecian quienes están bajo órdenes de dineros oscuros o lógicas politiqueras y delincuenciales. Ya no convence el discurso unilateral que aplaude o romantiza la respuesta violenta bajo argumentos forzados de anticolonialismo contra las ciudades y nuestro mestizaje. El sectarismo que ataca y pretende impunidad se desprestigia. Algunos dirigentes ni mencionan el amor a la Pachamama que debería, en coherencia, objetar a la minería ilegal por su destrucción al territorio y la vida. El cuestionamiento al poder no implica justificar a quienes se toman el nombre del pueblo para violentar y hacer sufrir al mismo pueblo. Quito es nuestro territorio amado, merece respeto y defender su paz, la paz que todo el país clama y a la que tiene legítimo derecho.
“Tristes guerras/ si no es amor la empresa. Tristes, tristes./ Tristes armas, si no son las palabras. Tristes, tristes”.