17/06/2026
El sistema penitenciario no es un error, es una herramienta y aunque la gente ya no cree en su función reformadora, el aparato se mantiene intacto.
Por Redacción Nota Antropológica
En conversaciones cotidianas, en las sobremesas familiares, en los grupos de WhatsApp, algunas veces hemos escuchado que "de la cárcel salen peor de lo que entran". Y se trata de una constatación popular por pura experiencia, porque la gente lo ha visto pasar una y otra vez. El muchacho que robó un auto y volvió con un método para robar dos. El adolescente que entró por posesión de dr**as y salió con un oficio ilegal y contactos con los grandes.
El filósofo Michel Foucault documentó este fenómeno hace más de cincuenta años. Se puso a revisar archivos del siglo XVIII y principios del XIX. Encontró que, ya en 1820, los informes oficiales reconocían el fracaso de la prisión como instrumento de corrección. Sin embargo, en lugar de cerrarse, las cárceles se multiplicaron, y ese dato, que en su momento fue un hallazgo académico, hoy es una realidad que se percibe por todos lados.
Pero entonces, si todos sabemos que la prisión no reforma, ¿por qué seguimos manteniéndola? ¿Por qué los gobiernos invierten en construir más celdas en lugar de diseñar alternativas? ¿Por qué las campañas políticas siguen prometiendo mano dura y más p***s si la experiencia demuestra que eso no reduce la delincuencia?
Una posible respuesta está en la función real de la prisión. Foucault propuso que la delincuencia no es un residuo del sistema, sino un producto que el sistema utiliza. La prisión no falla a pesar de su diseño, falla porque su diseño tiene otro objetivo.
Ese objetivo no es reformar, sino gestionar. La prisión separa, clasifica y etiqueta. Crea una categoría de personas que, al salir, no pueden acceder al empleo formal, ni a la vivienda digna, ni a la educación. Quedan atrapadas en un circuito donde la única salida es la reincidencia o la colaboración con la policía. Ese circuito, lejos de ser un accidente, resulta funcional para ciertos intereses.
En América Latina, las cárceles están sobrepobladas, los presos son en su mayoría jóvenes y pobres, y las condiciones de reclusión son inhumanas. La gente lo sabe. Lo vemos en las noticias, lo escuchamos en los testimonios de quienes han estado dentro, y sin embargo, el sistema no cambia. No porque no haya alternativas, sino porque la prisión sigue manteniendo el orden simbólico, alimentando el miedo y justificando la presencia policial en los barrios populares.
El miedo al delincuente, aunque la gente ya no crea en la reforma, sigue siendo un recurso político poderoso. Permite aprobar leyes más severas, aumentar el presupuesto de seguridad y desviar la atención de problemas estructurales como la desigualdad o la falta de empleo. La delincuencia, entonces, no es un problema por resolver, sería más bien un argumento para mantener el control.
Hoy, cuando alguien delinque, se dice que es por pobreza, por falta de oportunidades, por problemas familiares. Esa explicación, que parece más humana y comprensiva, también es una forma de control. Porque si el delito se explica por la psicología o el entorno, entonces hay que intervenir sobre la psicología y el entorno. Se medicalizaría la conducta y se sometería al individuo a un análisis que, en la práctica, no cambia su situación material.
Todos intuimos esto. No se necesita que un filósofo lo explique, ya que se vive en el barrio, en la familia, en la propia historia. Pero intuir no basta. Hace falta preguntarse por qué, a pesar de saberlo, el sistema se mantiene. Hace falta preguntarse quién se beneficia de esa máquina defectuosa que todos reconocemos.
No se trata de tener una solución mágica, sino de dejar de tratar la prisión como un fracaso y empezar a verla como lo que es: una herramienta con una función específica. Y cuando una herramienta no sirve para lo que dice servir, lo lógico no sería repararla, sino preguntarse para qué se está usando realmente.
Si llegaste hasta el fin de la nota, cuéntame: ¿crees que la cárcel realmente sirve para algo?
Fuente: Foucault, M. (2019). Vigilar y castigar: el libro y su método. En Microfísica del poder (pp. 143-163). Siglo XXI Editores.