01/06/2026
Ni el llorón dios de la lluvia ni el esquivo dios del transporte pudieron más que el respeto, la admiración y el cariño que despierta la obra de Tomás Inda. Él, en quien se anudan el artista que hace fotografía y el fotógrafo que forma artistas, convocó y allí estuvimos. Con la claridad y la transparencia de quien comercia a menudo con doña Luz y su séquito de sombras ondulantes, Inda narró sus peripecias a partir de aquel día en que, con catorce años, hizo su primera foto.
En series como Baracoa, Los hijos de Yemayá y Bosque mágico se siente que el protagonista es un paisaje que nos habla en silencio. En un muelle, un solitario poste disfruta el abrazo espiral de una soga; en el malecón, un hombre conversa con las profundidades del mar; en el bosque, un árbol mu**to revive luminoso... Todo en Inda es atmósfera. Donde su ojo descubre la belleza, su voz nombra la poesía: un bote abandonado pero lleno de colores complementarios, que le aportan vitalidad, es "Ilusiones perdidas".
Encuentros como este, organizado por gente que cree, a pesar de todo, en el valor de la espiritualidad, son imprescindibles. Pero, sobre todo, dejar el testimonio para los que no pudieron asistir y... para los que aún no han nacido.
Cuba, nación joven pero celosa de su soberanía, puede soportar que todas las divinidades le sean desfavorables, menos una: la del olvido.
Unión de Escritores y Artistas de Cuba - UNEAC