Centro de Investigación, Análisis y Mediaciones

Centro de Investigación, Análisis y Mediaciones Información de contacto, mapa y direcciones, formulario de contacto, horario de apertura, servicios, puntuaciones, fotos, videos y anuncios de Centro de Investigación, Análisis y Mediaciones, Organización no gubernamental (ONG), Bogotá.

CIAM es un Centro de Pensamiento dedicado a articular y fortalecer los saberes del campo popular, con el objetivo de construir colectivamente estrategias de acción política para el cuidado de la vida.

LA EVALUACIÓN DE POLÍTICA PÚBLICA ORIENTADA AL USOPara comprender la relación entre la «teoría» y la «práctica» en las E...
02/03/2026

LA EVALUACIÓN DE POLÍTICA PÚBLICA ORIENTADA AL USO

Para comprender la relación entre la «teoría» y la «práctica» en las Evaluaciones Orientadas al Uso (EOU), así como su evolución histórica, nos resulta especialmente relevante para cualquier lector o lectora de orientación progresista que busque entender y transformar el funcionamiento de las políticas públicas en Colombia, en la medida en que permite desmontar una de las fallas estructurales más persistentes del Estado colombiano, a saber: la producción de «diagnósticos», de «planes» y «evaluaciones» que rara vez inciden de manera efectiva en la toma de decisiones o en la mejora real de las condiciones de vida de la población.

En un país en el que abundan documentos técnicamente bien elaborados -planes de desarrollo, CONPES, evaluaciones de programas sociales- y, junto a ellos persisten las profundas brechas de la desigualdad, del acceso a los derechos y de presencia estatal en los territorios apartados, el enfoque que nos ofrece Michael Quinn Patton interpela, directamente, la lógica tecnocrática que ha dominado buena parte de la gestión pública. Por ejemplo, las evaluaciones de programas emblemáticos como Familias en Acción, el PAE o los proyectos de sustitución de cultivos de uso ilícito han mostrado históricamente resultados que son bastante contradictorios: informes extensos, metodológicamente rigurosos, pero poco apropiados por las alcaldías y gobernaciones, por las comunidades beneficiarias o por los movimientos sociales, lo que limita mucho su capacidad para generar cambios sustantivos.

Desde una perspectiva progresista como la nuestra, interesada en la justicia socioambiental, en la democratización multicolor, en la participación de ciudadanías activas y libres y en la reforma social del Estado, las EOU nos ofrecen una clave fundamental la cual consiste en desplazar el centro de las evaluaciones desde el cumplimiento formal de indicadores hacia el uso político, institucional y social del conocimiento producido. En el contexto colombiano, esto implica reconocer que una evaluación no puede ser neutral ni descontextualizada con relación a los territorios y menos cuando estos territorios se encuentran atravesados por el conflicto armado, por el racismo estructural, el abandono estatal o la captura institucional de Estado por parte de élites locales.

Pensemos, por ejemplo, en el Chocó, en La Guajira o el Catatumbo, que son lugares en los que una evaluación cuyo diseño no involucre a líderes comunitarios, a organizaciones sociales o autoridades étnicas difícilmente será usada para mejorar políticas de salud, de educación o infraestructura. El énfasis de Patton en identificar usuarios primarios y acompañarlos mediante procesos de mentoría y adaptar la evaluación a contextos específicos conecta Directamente con la necesidad que tenemos, como país, de fortalecer las capacidades del Estado y de la Sociedad, evitando que la evaluación se convierta en un simple ritual burocrático o en un instrumento de control vertical.

A nuestro juicio, para la ciudadanía progresista entender este enfoque evaluativo es muy importante en la medida en que abre la posibilidad de pensar la evaluación como una herramienta de disputa democrática del sentido que recubre a las políticas públicas, donde el conocimiento sirve para corregir los rumbos, para empoderar a los actores históricamente excluidos y hacer del Estado Social de Derecho un actor más responsable frente a las ciudadanías, en lugar de ser un productor distante de informes que nadie usa.

a] EOU: la relación entre teoría y práctica

Uno de los temas centrales que fueran legados por el profesor Michael Quinn Patton es la idea de que la sabiduría evaluativa surge de la convergencia entre la «teoría» y la «práctica», entendido esto como el proceso a través del cual las abstracciones conceptuales dejan de ser meras “palabras” y se traducen en acciones «reales» y, por lo tanto, «útiles» y «reflexivas». Según Quinn Patton, la teoría proporciona los conceptos en el marco de una colaboración sincera, de una comprensión mutua, de un empoderamiento compartido y de un aprendizaje comprometido, pero sólo cuando tales conceptos se aplican en contextualidades concretas de evaluación es que realmente pueden generar un verdadero impacto y una verdadera transformación.

El énfasis puesto en el pasaje que va “de las palabras a los hechos” es uno de los pilares sobre los cuales se levanta lo que en el ámbito de las políticas públicas conocemos como las «Evaluaciones Orientadas al Uso» (en adelante EOU.) Se trata de un enfoque que nos propone pensar cómo se deben producir las evaluaciones y, además de ello, cómo se puede producir conocimientos válidos y, sobre todo, conocimientos útiles que sean efectivamente utilizados por los actores que tienen autoridad o responsabilidad a la hora de tomar decisiones fundamentadas en los resultados de las evaluaciones.

Históricamente, diríase que la noción de vincular la teoría y el uso práctico en la evaluación de políticas públicas se remonta a la década de los años 70's, cuando la disciplina de la evaluación estaba emergiendo como campo profesional distinto al interior de las ciencias políticas y sociales. En dicho contexto, Michael Quinn Patton, sociólogo estadounidense, desarrolló lo que él denominó "Utilization-Focused Evaluation" (Evaluación Orientada al Uso), insistiendo en que el criterio principal para juzgar una evaluación debe ser su utilidad para quienes la van a usar, y no únicamente su rigor metodológico o su contribución teórica.

Patton insistió en que al involucrar activamente a los usuarios primarios -o sea, aquellas personas identificadas como responsables de hacer algo con los resultados-, desde el diseño de la evaluación hasta la interpretación de los hallazgos, inferencias y conclusiones, aumenta la probabilidad de que tales resultados sean utilizados efectivamente. Por ejemplo, en políticas públicas de salud o de educación del sector público, la teoría sobre qué constituye un programa exitoso sólo se traduciría en mejoras concretas cuando las autoridades educativas, los gestores de determinados programas o las comunidades implicadas comprenden, adoptan y actúan sobre la información producida. Esta lógica de praxis reflexiva -que nos invita a que la evaluación sea reflexiva, situacional, dialógica y orientada al cambio real- ha influido en evaluadores individuales pero, además, ha influido también en los marcos institucionales de la evaluación de programas sociales y de la cooperación internacional.

A la luz de una teoría política progresista, la perspectiva de la EOU aplicada, por ejemplo, a PP como la Gratuidad de la Educación Superior (PP-GES), la PP de los Sistemas de Información Gubernamental (PP-SIG), a la PP de Gestión Integral de la Biodiversidad (PP-GIB) y la PP de Población Migrante Venezolana (PP-PMV) representa una oportunidad estratégica para profundizar la construccion del Estado Social de Derecho que en Colombia ha sido intaurado como proyecto político desde la instauración de la Constitución de 1991. ¿Por qué? Porque en la medida en que se transforma la evaluación de PP en un instrumento efectivo para la garantía de los derechos y no en un ritual tecnocrático, la distancia entre Estado y Sociedad puede limarse, lo que hace del Estado un Estado fuerte, o sea, un Estado democrático.

Si la PP-GES se evaluara más allá de la cobertura y se ajustara a las condiciones reales de permanencia y de equidad territorial, entonces la teoría del derecho a la educación se traduciría en decisiones presupuestales y administrativas que redujeran las brechas estructurales. O si la integración de los sistemas de información gubernamental deja de ser sólo un discurso y un dispositivo para la modernización institucional y se convierte, a través de EOU, en interoperabilidad efectiva que mejora la focalización y evita las duplicidades, se fortalece la capacidad estatal para cumplir los fines constitucionales de acuerdo con diversos enfoque y con claros criterios de eficiencia y eficacia. Si la gestión de la biodiversidad incorpora EOU que dialoguen con autoridades ambientales y con comunidades étnicas con el propósito de incidir en la regulación, restauración y control territorial, el principio de sustentabilidad adquieriría verdadera densidad institucional. Y si la atención a la migración venezolana se evaluara involucrando a los ministerios, a los entes territoriales y a las organizaciones sociales para ajustar rutas de regularización, salud y educación, el enfoque de derechos dejaría de ser algo declarativo y se materializaría en su protección efectiva.

Desde esta óptica, la convergencia entre la teoría y la práctica que Patton nos propone va más allá de las mejoras metodológicas y ofrece una vía para que el conocimiento evaluativo fortalezca la capacidad del Estado para aprender, corregir y garantizar, con base en la experiencia isntitucional, los derechos en contextos sociales y culturales complejos, consolidando un Estado Social de Derecho más reflexivo, más democrático y orientado hacia la justicia material o concreta.

B] Evolución y principios de las EOU

El segundo tema que merece ser mencionado refiere los modos en que la evolución histórica y conceptual de las EOU se ha producido, y cómo esta evolución ha sido articulada teórica y prácticamente para centrarse en el uso previsto por los usuarios. Según el profesor Quinn Patton, este enfoque no sería algo novedoso, pues su investigación inicial se remonta a los años 70’s, sino que ha pasado por varias revisiones, lo que deja ver que la acumulación de conocimiento es, al mismo tiempo, práctica y teórica. En este proceso, la constante ha sido el principio de que las evaluaciones de PP deben diseñarse para que sus resultados sean relevantes y aplicables, teniendo en cuenta los factores situacionales y contextuales específicos de la evaluación y de los procesos evaluados.

El principio mencionado también es uno de los aportes centrales del propio Quinn Patton, quien ha sido una figura clave en el desarrollo y en la difusión de este enfoque. En efecto, Patton plantea que una evaluación debe comenzar identificando quiénes son los usuarios primarios que son, como decíamos, aquellas personas o grupos que tienen el poder para utilizar el conocimiento generado, y luego diseñar todo el proceso evaluativo en función de los usos previstos por esos usuarios, ya sea para la toma de decisiones, para la mejora de programas públicos o para los procesos de rendición de cuentas.

En la evolución de las EOU, las distintas ediciones de su libro "Utilization-Focused Evaluation" han incorporado mayores énfasis en los métodos mixtos, en procesos situacionales, y también en los aspectos ético-políticos que influyen en la utilidad de las evaluaciones. Y como es lógico, este enfoque no prescribe una metodología que pudiera considerarse fija o estándar; por el contrario, plantea un marco flexible en el que cualquier método cuantitativo, cualitativo o mixto podría ser elegido según el contexto y según la finalidad otorgada a la evaluación.

Un ejemplo histórico de cómo este enfoque se ha puesto en práctica es el proyecto DECI (Developing Evaluation Capacity in ICTD), realizado entre 2010 y 2013 en varios países de África, Asia y América Latina, en el cual se observó que el rol de los mentores y facilitadores fue crucial para apoyar a distintos evaluadores en contextos en los que el EOU era novedoso para ellos. Además, la historia del propio enfoque muestra que el interés en la evaluación eficaz se desarrolló inicialmente en la investigación aplicada, en evaluaciones federales de salud y en programas sociales en los Estados Unidos, y posteriormente se difundió globalmente como parte de la profesionalización de la evaluación.

Valga decir que este desarrollo epistémico ha tenido su impacto en ámbitos tan diversos como la evaluación de políticas públicas educativas, en la evaluación de programas de cooperación internacional, y en la evaluación de proyectos para la innovación social, ilustrando cómo un principio tan simple relativo al saber centrar la evaluación en su uso puede generar transformaciones significativas en la práctica evaluativa y en la toma de decisiones públicas informadas. Es por ello que, desde una perspectiva progresista, diríase que profundizar en las EOU para entender el desarrollo, por ejemplo, del sector educativo colombiano, sería recomendable porque permite convertir la evaluación en una herramienta efectiva para la garantía del derecho a la educación y para la reducción de las desigualdades, en lugar de limitarla a un ejercicio técnico de reporte.

En un país marcado por brechas territoriales, socioeconómicas y étnicas gigantescas, las EOU favorecen que los resultados evaluativos -para seguir con el ejemplo de la educación- sean apropiados por rectorías, secretarías de educación, MEN y comunidades educativas, incidiendo realmente en decisiones sobre financiación, permanencia estudiantil, calidad docente y bienestar. Además, al involucrar a los usuarios primarios desde el diseño hasta la interpretación de hallazgos, se fortalece la democracia participativa y el aprendizaje institucional, elementos que son centrales para la construcción del Estado Social de Derecho en Colombia. La evaluación deja entonces de ser un mecanismo de control vertical y para convertirse en un proceso reflexivo que contribuye a transformar estructuralmente el sistema educativo en clave de equidad y de justicia social.

📚📚📚🖋️🖋️🖋️🖥️🖥️🖥️💻💻💻🇨🇴🇨🇴🇨🇴

PROGRESISMO, SOCIALISMO Y ESTADO El libro de Klaus Meschkat, publicado en 2020 bajo el título «La crisis de los regímene...
18/02/2026

PROGRESISMO, SOCIALISMO Y ESTADO

El libro de Klaus Meschkat, publicado en 2020 bajo el título «La crisis de los regímenes progresistas y el legado del socialismo de Estado», nos propone una cierta discusión, la cual nos sitúa en un terreno decisivo para comprender el devenir del progresismo latinoamericano: la relación entre coyuntura y tradición, entre la innovación política y las herencias ideológicas sedimentadas.

Su intervención evalúa los resultados gubernamentales, pero propone una indagación genealógica acerca de las matrices organizativas e intelectuales que configuran históricamente a las izquierdas en nuestra región; especialmente aquellas izquierdas vinculadas al legado leninista y a la influencia de la Komintern. Al cuestionar la idea de un “nuevo comienzo” inaugurado por el llamado “giro a la izquierda” del siglo XXI, Meschkat nos invita a pensar los procesos sociopolíticos recientes como parte de una continuidad más amplia, atravesada por tensiones no resueltas entre vanguardia y democracia, entre partido y movimiento, entre Estado y poder popular o democracia.

En esta perspectiva se abre un debate que, a juicio del CIAM, nos parece ineludible: ¿hasta qué punto las limitaciones de los gobiernos progresistas pueden explicarse por la persistencia de tradiciones organizativas centralistas, y en qué medida deben interpretarse como respuestas contradictorias a condiciones estructurales adversas y a correlaciones de fuerza específicas? Plantear esta discusión exige, por lo tanto, articular la memoria histórica y el análisis crítico sin reducir la complejidad de las experiencias populares contemporáneas a una mera repetición del pasado heredado.

A] El problema del progresismo: el leninismo

Meschkat plantea algo que, a nuestro juicio, precisa de ser leído con algo de detenimiento: “Los regímenes progresistas, que querían demostrar que existen alternativas a las políticas neoliberales en América Latina, se encuentran en una profunda cri-sis”. Se trata de una formulación que concibe el «progresismo como una respuesta política al neoliberalismo de los años 90’s -en esto coincide con todos los estudiosos de este fenómeno-, pero lo instala inmediatamente en un momento de evaluación crítica en el que a la razón política no le basta ya con el gesto que contrapone las propuestas sociales a las políticas de mercado, sino que reclama como algo necesario comprender por qué dichas propuestas sociales han perdido su tracción.

Se cometería un error si se redujera esta problemática a la denuncia del efecto represivo que han tenido los poderes globales sobre los estados nacionales de la América Latina, pues según Meschkat “quien no se contenta, como se acostumbra, con denunciar las previsibles maquinaciones del imperialismo, debe buscar las razones internas del fracaso”. ¿El fracaso de qué? De lo que algunos estudiosos y militantes han llamado «socialismo del siglo XXI». Este parece ser un giro central en el argumento de nuestro autor en la medida en que este reconoce que por fuera de una reflexión interna las explicaciones sobre los fracasos del progresismo se han quedado en un discurso de victimización de acuerdo con el cual toda la responsabilidad sobre sus desaciertos recae en factores externos, lo cual no explica los límites internos de su proyección política.

La tesis central que Klaus Meschkat nos propone en su libro consiste en demostrar que la crisis de los regímenes progresistas latinoamericanos no puede comprenderse únicamente como si sólo fuera el resultado de factores coyunturales -de caídas de precios internacionales, ofensivas de la derecha o de intervenciones extranjeras- sino que debe ser analizada a la luz de una herencia organizativa que sería mucho más profunda y que remite al «socialismo de Estado» que se gestó durante el siglo XX. En sus propios términos diríase que “el objetivo es mostrar cómo el concepto organizativo de Lenin ha llegado a América Latina y de qué manera continúa teniendo efecto tanto en la ideología como en las prácticas políticas de los regímenes progresistas” (p. 9). Esta es una formulación que desplaza el debate hacia el terreno de la historia intelectual y política de las izquierdas en el mundo, y nos refiere una problemática que no se agota en lo que los propios gobiernos progresistas han hecho, sino que apuntaría también a las matrices organizativas desde las cuales estos gobiernos han actuado conforme a la tradición política de las izquierdas.

Meschkat reconstruía, para ilustrar esta tesis -nada usual entre los analistas que hemos estudiado hasta el momento-, una trayectoria que había comenzado con las intervenciones de la Internacional Comunista (Komintern) en América Latina durante los años 20’s y 30’s del pasado siglo -cuando fue promovida la estructuración de partidos centralizados, disciplinados y orientados por una organización de “vanguardia”- y que, según él, dejó una impronta duradera en las culturas políticas de la izquierda en la región. Esa impronta reaparecería, bajo nuevas formas, en el ciclo progresista iniciado tras la elección de Hugo Chávez Frías en 1998, cuyo liderazgo carismático y cuya centralidad estatal marcaron un modelo político con irradiación regional, especialmente hacia Bolivia.

Todo esto, en la perspectiva crítica del campo popular, nos parece una tesis provocadora en la medida en que nos obliga a preguntarnos si las experiencias del llamado «socialismo del siglo XXI» -en Venezuela, Ecuador, Bolivia o Nicaragua- reprodujeron esquemas tendientes hacia la centralización del poder, hacia la subordinación de los movimientos sociales al Estado y hacia la primacía de la conducción política por sobre la deliberación pluralista: todos estos serían, a juicio de nuestro, rasgos que históricamente se encuentran asociados al «leninismo» y al «socialismo de Estado». El énfasis que Meschkat pone en el caso de Venezuela como caso paradigmático, y en figuras como el exvicepresidente boliviano Álvaro García Linera como articulador ideológico de esta herencia, nos pretende sugerir que, incluso cuando se proclamaba la emergencia de nuevos horizontes para la democracia participativa o para la plurinacionalidad, lo que persistió fue una praxeología política estatocéntrica y vertical que limitó la profundización democrática y facilitó el “autoritarismo” en tiempos de crisis.

Es importante indicar -para efectos del diálogo crítico- que con esto el autor no pretende descalificar el progresismo asumiendo posiciones conservadoras, sino que lo que quiere es sostener que la crisis del progresismo revela la vigencia de una tradición organizativa que no ha sido suficientemente superada. En consecuencia, el estudio crítico del progresismo latinoamericano nos exige -afirma Meschkat- revisar las formas de organización política que este ha heredado de la izquierda gestada durante el siglo XX, las cuales podrían haber condicionado su destino persistiendo como herencias del leninismo.

B) La crisis del progresismo

Podemos ahora comprender por qué para Meschkat la crisis de los regímenes progresistas no puede ser evaluada sin reconocer primero su fase expansiva inicial, cuando “en los primeros años de sus mandatos, los líderes de este giro a la izquierda pudieron cumplir algunas de sus promesas sociales y así aseguraron el apoyo de sectores de la población anteriormente desfavorecidos”, algo que fue posible -como lo advierten todos quienes han estudiado este fenómeno- gracias al auge extraordinario de los precios internacionales de las materias primas entre el año 2000 y el año 2014.

Fue en ese contexto económico que países como Venezuela, Bolivia y Ecuador pudieron captar importantes excedentes derivados del petróleo, el gas y la minería, captación que les permitió financiar políticas públicas redistributivas en materia de salud, educación, nutrición y vivienda, consolidando una base social popular que sostuvo electoralmente estos procesos, lo que explica que “los gobiernos progresistas de los países andinos -por ejemplo- pudieron mantenerse firmes porque sus políticas fueron apoyadas por la mayoría de la población, especialmente en tiempos de una economía de mercado mundial favorable a la exportación de materias primas”.

Sin embargo, Meschkat subraya que esta expansión social no modificó estructuralmente la inserción dependiente de la región en el mercado mundial, pues “el neoextractivismo siguió siendo la base económica de los regímenes progresistas que, a pesar de las declaraciones programáticas en sentido contrario, nunca fueron capaces de reducir su dependencia de las exportaciones de materias primas”. La imposibilidad de resolver esta contradicción condujo hacia una profundización del modelo primario-exportador y, al mismo tiempo, hacia una intensificación de conflictos territoriales, particularmente el conflicto de los gobiernos nacionales con las poblaciones indígenas que fueron afectadas por proyectos mineros o energéticos, y cuyas resistencias fueron crecientemente reprimidas.

Fue así como la fase inicial de apertura y de movilización -cuando “estos programas inicialmente se llevaron a cabo en muchos lugares con la participación democrática de las personas interesadas”- dio paso a un periodo de tensiones entre el Estado y los movimientos sociales, acompañado por un incremento de las tendencias autoritarias, por la opacidad en el manejo de los excedentes y en fenómenos de corrupción que, sólo para poner el caso venezolano, se expresaron en la consolidación de nuevos grupos privilegiados como la llamada “boliburguesía”.

En la perspectiva crítica del campo popular, el análisis de Meschkat nos obliga a reconocer que los avances redistributivos del progresismo fueron reales, pero estructuralmente frágiles, al depender de las rentas extractivas y al no obtener transformaciones productivas profundas. Entonces, cuando el ciclo de precios favorables se agotó, emergieron las limitaciones del modelo, se erosionó el pacto social que había sostenido a los gobiernos progresistas y se abrió el terreno para toda clase de conflictos internos, desgastes políticos y ofensivas de la ultraderecha, mostrando que sin superar la matriz extractivista y la opacidad estatal, la promesa de una transición post-neoliberal quedaría atrapada en las contradicciones del propio patrón de acumulación que se pretende cambiar.

C] Herencia ideológica y prácticas organizativas

Finalmente, Meschkat despliega una de sus críticas más sustantivas al progresismo latinoamericano afirmando que “para no dejar que a la otrora exuberante alegría del giro a la izquierda siga una desesperación igualmente ilimitada, hay que liberarse de la idea de que con la llegada al poder de ciertos líderes se ha iniciado un periodo completamente nuevo en el desarrollo político de la América Latina […] Por el contrario, debe examinarse cómo las dos últimas décadas, desde la primera victoria electoral de Hugo Chávez, están vinculadas al patrimonio histórico de la izquierda en América Latina”.

Se trata de un planteamiento que pretendería desbordar las interpretaciones que conciben estas experiencias como rupturas radicales con respecto al pasado. La posición crítica de Meschkat no niega los logros sociales o democráticos alcanzados por los gobiernos progresistas, sino que apunta hacia una reinvención de la perspectiva histórica con el propósito de comprender la crisis actual del progresismo. Sería necesario entonces situar al progresismo dentro de una genealogía más amplia, la cual remitiría a las tradiciones organizativas de la izquierda latinoamericana, muchas de ellas vinculadas a la experiencia leninista y a la Internacional Comunista, cuyos patrones de pensamiento no habrían desaparecido con el final de la Guerra Fría sino que continuarían permeando prácticas políticas en toda la América Latina.

En tal sentido, Meschkat distingue entre las narrativas públicas de los liderazgos y sus prácticas reales, pues aunque retóricas historicistas como la referencia a Simón Bolívar pudieran alimentar la fe en un liderazgo carismático -propio de las luchas emancipatorias (y que historiadores consideran la creación de un mito)-, estas “construcciones peculiares de la historia” han servido más bien para justificar caminos políticos divergentes precisamente por su ambigüedad. Más aún, el autor observa que hay una tradición más directamente conectada con las prácticas políticas efectivas de quienes han gobernado, que es visible especialmente “en la creación de un partido de Estado que se posiciona como vanguardia”, y en la difamación sistemática de cualquier oposición como agente al servicio de poderes hostiles, “dinámicas que remiten a partes del programa de la Komintern que siguen teniendo efecto hoy en día, incluso después del fin del socialismo real en Europa del Este”. Meschkat interpreta así la conformación del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV) como una continuidad de ciertos patrones organizativos dilemáticos y no como una invención original del chavismo: “[…] la necesidad de un partido de unidad socialista difícilmente puede derivarse de las recomendaciones políticas de Simón Bolívar o del cristianismo”, y menos aún de sus declaraciones programáticas, sino que se encuentra arraigada en las lógicas leninistas que Chávez conocía bien, incluso mediadas por la tradición cubana.

No obstante, pareciera que la crítica de Meschkat no apunta a desacreditar las retóricas históricas o simbólicas, sino a desentrañar las matrices organizativas e ideológicas que han condicionado al progresismo, mostrando que la persistencia de estas pautas propias del socialismo de Estado -el “leninismo”, el “vanguardismo”, el “monopolio partidario”, etc.- se entrelaza con prácticas políticas que contradicen las promesas relativas a la democratización profunda, a la participación popular y a la transformación radical de las estructuras de poder social y político, lo cual genera tensiones internas que ayudan a explicar por qué estos proyectos no lograron consolidarse como alternativas duraderas frente al neoliberalismo.

D] Entre genealogías y coyunturas

Ahora bien, posicionándonos en el campo popular, desde el CIAM consideramos que los análisis de Klaus Meschkat son bastante sugerentes, pero tienen el enorme defecto de sobredeterminar su fenómeno de estudio. El énfasis que pone en la continuidad leninista-kominterniana con el progresismo latinoamericano tiende, en efecto, a sobredeterminar las experiencias progresistas recientes bajo una matriz organizativa que, si bien existió y ha dejado huellas, no agota la densidad histórica ni la conflictividad social de los procesos sociopolíticos abiertos en nuestro continente desde finales del siglo XX. Al advertir que no debemos pensar el “giro a la izquierda” como un comienzo radicalmente nuevo, Meschkat nos ofrece una advertencia que podríamos considerar -al menos hasta cierto punto- saludable en la medida en que nos previene en contra del «voluntarismo» y en contra del «mesianismo político».

Sin embargo, su reconstrucción genealógica corre el riesgo de deslizarse hacia una interpretación estructural que termina minimizando la irrupción plebeya que efectivamente desbordó a los aparatos partidarios tradicionales, que efectivamente reconfiguró el campo político en varios países de la región. En la perspectiva popular -que siempre atiende a la prâxis subalterna, a las dinámicas territoriales y a la politización desde abajo-, no puede pasarse por alto que la constitución de instrumentos políticos amplios, incluso con rasgos de partido dominante bajo los regímenes progresistas, respondió también a correlaciones de fuerza muy concretas, a intentos por disputar el gobierno de estados que históricamente habían sido capturados por élites señoriales y a la necesidad de estabilizar proyectos asediados interna y externamente.

Autores y autoras que hemos revisado previamente han subrayado precisamente esa dimensión ambivalente: la tensión entre institucionalización y poder constituyente, entre liderazgo carismático y organización de base, entre centralización estratégica y democracia participativa. Meschkat acierta al señalar las derivas vanguardistas y la tendencia a descalificar todo tipo de oposición -incluyendo las oposiciones de izquierda-, pero su marco interpretativo tiende a homogeneizar tradiciones que son, en realidad, bastante diversas -maoístas, castristas, trotskistas, nacional-populares, etc.-, y lo hace bajo el rótulo general de la Komintern, con lo cual diluye las especificidades nacionales, las innovaciones institucionales y las experiencias de autoorganización comunitaria que no se explican linealmente por el peso de la herencia leninista.

Desde el campo popular, la razón crítica no pretende negar las limitaciones burocráticas o autoritarias que efectivamente han emergido, sino que rechaza las interpretaciones que parecen situar el núcleo del problema casi exclusivamente en la tradición organizativa de la izquierda, desplazando a un segundo plano la ofensiva permanente de las clases dominantes, la presión del capital transnacional y las contradicciones estructurales del capitalismo periférico.

Una crítica verdaderamente lúcida, entonces, reconocería que las experiencias progresistas reprodujeron lógicas centralistas y prácticas excluyentes, pero también insistiría en que tales dinámicas no pueden comprenderse al margen de la lucha de clases concreta, de la fragilidad institucional heredada y de los intentos -muchas veces contradictorios- de ampliar los derechos ciudadanos, redistribuir riqueza y politizar a los sectores históricamente marginados: de lo contrario, la genealogía se convierte en destino y la historia en repetición, clausurando la posibilidad de pensar transformaciones futuras desde la creatividad política de los pueblos.

Referencia bibliográfica:

Meschkat, Klaus (2020). La crisis de los regímenes progresistas y el legado del socialismo de Estado. México: Centro María Sibylla Merian de Estudios Latinoamericanos Avanzados en Humanidades y Ciencias Sociales y Editorial Universidad de Guadalajara, Facultado Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO) y Bielefeld University Press.

🇪🇨🇻🇪🇵🇷🇲🇽🇺🇾🇨🇺🇨🇱🇧🇴🇨🇴☑️☑️☑️🖋️🖋️📚📚

Dirección

Bogotá

Notificaciones

Sé el primero en enterarse y déjanos enviarle un correo electrónico cuando Centro de Investigación, Análisis y Mediaciones publique noticias y promociones. Su dirección de correo electrónico no se utilizará para ningún otro fin, y puede darse de baja en cualquier momento.

Compartir